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Задание 15 № 2246

El primer día de estudios Pardal vio que …

 

1) el maestro parecía un sapo.

2) el maestro se acercaba a su pupitre.

3) la orden del maestro se dirigía a él.

4) el maestro lo perseguía por el pasillo.


La lengua de las mariposas

«¿Qué hay, Pardal? Espero que por fin este año podamos ver la lengua de las mariposas». El maestro aguardaba desde hacía tiempo que les enviasen un microscopio a los de la Instrucción Pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato, que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuviesen el efecto de poderosas lentes.

Yo quería mucho a aquel maestro. Al principio, mis padres no podían creerlo. Cuando era un pequeñajo, la escuela era una amenaza terrible.

Yo iba para seis años, y todos me llamaban Pardal. Otros niños de mi edad ya trabajaban. Pero mi padre era sastre y no tenía tierras ni ganado. Prefería verme lejos y no enredando en el pequeño taller de costura. Así pasaba gran parte del día correteando y me pusieron el apodo: «Pareces un gorrión, ¡un pardal!».

Mi padre me decía: «¡Ya verás cuando vayas a la escuela!». Y contaba: «Todas las mañanas teníamos que decir la frase Los pájaros de Guadalajara tienen la garganta llena de trigo. ¡Muchos palos llevábamos por culpa de Juadalagara!».

Si de verdad me quería meter miedo, lo consiguió. La noche de la víspera no dormí.

Estaba sentado en el último pupitre, medio agachado con la esperanza de que nadie reparase en mi presencia.

«A ver, usted, ¡póngase de pie!».

Levanté los ojos y vi con espanto que aquella orden iba por mí. Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla. «¿Cuál es su nombre?».

«Pardal».

Todos los niños rieron a carcajadas.

«¿Pardal?».

No me acordaba de nada. Ni de mi nombre. Las carcajadas aumentaron. Huí, eché a correr como un locuelo y cuando miré hacia atrás, vi que nadie me había seguido, que estaba a solas con mi miedo.

Al día siguiente mi madre me llevó a la escuela. En esta ocasión, pude fijarme por vez primera en el maestro. Tenía la cara de un sapo. El sapo sonreía: «Me gusta ese nombre, Pardal». En medio de un silencio absoluto, me llevó de la mano hacia su mesa y me sentó en su silla y dijo: «Tenemos un nuevo compañero. Es una alegría para todos y vamos a recibirlo con un aplauso».

No, el maestro don Gregorio no pegaba. Al contrario, casi siempre sonreía con su cara de sapo. Cuando dos se peleaban durante el recreo, él hacía que se estrecharan la mano. La forma que don Gregorio tenía de mostrarse muy enfadado era el silencio.

Pronto me di cuenta de que el silencio del maestro era el peor castigo imaginable. Porque todo lo que él tocaba era un cuento fascinante.

Pero los momentos más fascinantes de la escuela eran cuando el maestro hablaba de los bichos.

Don Gregorio me acogió como el mejor discípulo. Había sábados y festivos que pasaba por mi casa e íbamos juntos de excursión.

Mi madre preparaba la merienda para los dos: «No hace falta, señora, yo ya voy comido», insistía don Gregorio. Pero a la vuelta decía: «Gracias, señora, exquisita la merienda».

«Estoy segura de que pasa necesidades», decía mi madre por la noche.

«Los maestros no ganan lo que tendrían que ganar», sentenciaba mi padre. «Ellos son las luces de la República».

«¡La República! ¡Ya veremos adónde va a parar la República!».

Mi padre era republicano. Mi madre, no.

Un día que don Gregorio vino a recogerme para ir a buscar mariposas, mi padre le dijo que le gustaría tomarle las medidas para un traje: «Don Gregorio, no lo tome a mal. Quisiera tener una atención con usted. Y yo lo que sé hacer son trajes».

Don Gregorio llevó puesto aquel traje durante un año, y lo llevaba también aquel día de julio de 1936, cuando se cruzó conmigo en la Alameda: «¿Qué hay, Pardal? A ver si este año por fin podemos verles la lengua a las mariposas...».

Пояснение.

Aquel maestro feo como un bicho me señalaba con la regla.

 

Ответ: 3.