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1

El padre del chico tuvo que contener las primeras emociones porque…

 

1) la madre se cayó de espaldas.

2) el televisor dejó de funcionar.

3) el chico seguía con el arma en los brazos.

4) sufrió un ataque de ira.

Задание 14 № 67

Про­чи­тай­те текст и вы­пол­ни­те за­да­ния А15-А21.

 

Amadís de Gaula

Amadís de Gaula tiene ahora cinco años, se llama Bobby Lemond y vive con sus padres.

Papá Lemond, mamá Lemond y el niño Amadís de Gaula, nacido Bobby Lemond, solían pasar las veladas ante el aparato de televisión, viendo lo que las ondas quisieran traerles y comentando todo: los vestidos de la diva, los bigotes del galán, etc., etc.

Aquel día la familia Lemond estaba asistiendo a una novela emocionante. La verdad es que la novela de aquel día era algo que nada dejaba de desear y los Lemond — papá, mamá, y Amadís de Gaula se sentían felices e interesados, cada uno desde su butaca.

Pero el guionista del programa que ignoraba el caballeresco y sostuvo más tiempo una situación angustiosa para la heroína que iba a caer de un momento a otro en las garras del traidor y ... aquí vino lo malo. Bobby Amadís de Gaula se levantó en silencio, encendió la luz en el despacho de papá, abrió el armero, descolgó un rifle, lo montó y con paso de lobo para que el traidor no se apercibiera, se acercó hasta cuatro pasos de la pantalla, apuntó y ¡zas! le descerrajó un tiro a quemarropa que lo dejó temblando.

Mamá Lemond se cayó de espaldas, papá Lemond se vio atacado de un ataque de ira que tuvo que contener porque el niño no había soltado el rifle y el aparato televisor, hecho astillas, dejó de funcionar.

Cuando la paz se hizo, Amadís de Gaula, el último caballero andante, se acercó a sus padres, a recibir las felicitaciones por su noble comportamiento, pero en vez de felicitaciones, le dieron un par de azotes y le metieron en la cama sin postre.

Es posible que durante muchos años Bobby Lemond, Amadís de Gaula no se explique el raro reaccionar de sus padres que, según todas las apariencias, tomaron el partido del raptor y no el de la muchacha raptada, que hubiera sido más lógico y lo que Bobby Amadís de Gaula esperaba.

Pero sucede que cada generación tiene sus aficiones y hasta sus manías y sus puntos de vista, y los padres de Amadís, según Amadís desprendía de lo que venían haciendo, deseaban más ver al malo y el aparato de televisión en funcionamiento, que a la heroína en la libertad.

¿Por qué — pensaba Amadís en la cama, antes de quedarse dormido — habían hecho así? ¿Es que les era igual? ¿Acaso no veían que la iban a coger? No. Amadís de Gaula, Bobby Lemond, el último caballero andante pensará, que su gesto no fue entendido, porque las gentes, ¡ay! han olvidado los móviles que impulsan a las almas generosas, esos últimos corazones que funcionan alimentados por el fuego sagrado de ilusión. Y lo peor es que Bobby Lemond es posible que tenga razón. Lo que no será nada bueno para todos los demás.



Источник: Яндекс: Тре­ни­ро­воч­ная работа ЕГЭ по испанскому языку. Ва­ри­ант 1.
2

Al conseguir las titulaciones universitarias los jóvenes…

 

1) obtienen un puesto laboral bien remunerado.

2) a menudo se ven obligados a realizar trabajos que no exigen estudios superiores.

3) quedan satisfechos con su integración en el mundo laboral.

4) evitan la posible insatisfacción.

Задание 14 № 113

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En los últimos años, en España, el número de universitarios ha aumentado de forma evidente. La elevada tasa de desempleo que padecemos ha hecho que nuestros adolescentes, al terminar sus estudios secundarios y descubrir lo difícil que es conseguir un trabajo en nuestro país, se inscriban masivamente en las universidades, muchas veces sin demasiada convicción, llenando las aulas y soñando con ser algún día célebres abogados, expertos economistas, científicos de renombre o ingenieros cualificados.

El resultado de todo ello es que, en la mayoría de los casos y para la mayor parte de las titulaciones, la demanda de empleo supera con creces la oferta, y que, para colmo de males, estos titulados, incapaces, por falta de trabajo, de poder llevar a la práctica todo lo aprendido en sus carreras, empiezan, poco a poco, a despertar a la realidad y a darse cuenta de que tienen que "bajar el listón" de sus pretensiones laborales.

Así, podemos ver a químicos barriendo las calles y los parques de nuestras ciudades, a juristas desempleados tratando de vendernos un seguro de vida en el umbral de la puerta de nuestra casa, y a antiguos estudiantes de Magisterio pasando por un lector electrónico el código de barras de los productos que componen nuestra cesta de la compra en un supermercado. Y, por si eso fuera poco, suele darse el caso de que los empresarios de este país, quizá con buen criterio, prefieren para este tipo de tareas a personas que no tengan estudios superiores, para evitar la posible insatisfacción que podría surgir en individuos cualificados cuando llevan a cabo trabajos tan rutinarios y repetitivos.

Pero no todo está perdido para nuestros jóvenes, pues se observa el incremento de la oferta de los llamados módulos de Formación Profesional, cursos especializados y enfocados a formar a los estudiantes, desde un punto de vista especialmente práctico, en las áreas de informática y telecomunicaciones, electrónica, fontanería, carpintería, jardinería, hostelería y una abundancia de profesiones más, para conseguir una integración más rápida de sus alumnos en el complejo mundo laboral.



Источник: Яндекс: Тре­ни­ро­воч­ная работа ЕГЭ по испанскому языку. Ва­ри­ант 2.
3

La tarde de aquel día les parece una tarde fuera de lo ordinario ya que …

 

1) suceden cosas misteriosas.

2) las caras de la gente tienen la expresión de los domingos.

3) en su cabeza se mezclan emociones y sentimientos.

4) les persiguen policías por todas partes.

Задание 14 № 159

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     Mario y Pedro están sin un duro desde hace rato y no es que se quejen demasiado pero bueno, ya es hora de tener un poco de suerte, y de golpe ven el portafolio abandonado y tan sólo mirándose se dicen que quizá el momento haya llegado. Está solito el portafolio sobre la silla arrimada a la mesa y nadie viene a buscarlo. Ha llegado el momento porque el café está animado en la otra punta y aquí vacío y Mario y Pedro saben que si no es ahora es nunca.

     Portafolio bajo el brazo, Mario sale primero y por eso mismo es el primero en ver la chaqueta de hombre abandonada sobre un coche. Una chaqueta espléndida de excelente calidad. También Pedro la ve, a Pedro le tiemblan las piernas por demasiada coincidencia, con lo bien que a él le vendría una chaqueta nueva y además con los bolsillos llenos de billetes. Mario no se anima a agarrarla. Pedro sí aunque con cierto remordimiento que crece al ver acercarse a dos policías.

     Esta no es una tarde gris como cualquiera y pensándolo bien quizá tampoco sea una tarde de suerte como parece. Son las caras sin expresión de un día de semana, tan distintas de las caras sin expresión de los domingos. Pedro y Mario ahora tienen color, tienen máscara y se sienten existir porque en su camino florecieron un portafolio y una chaqueta sport. Como tarde no es una tarde fácil, ésta. Algo se desplaza en el aire con el aullido de las sirenas y ellos empiezan a sentirse señalados. Ven policías por todos los rincones, policías en los vestíbulos sombríos, de a pares en todas las esquinas cubriendo el área ciudadana, policías trepidantes en sus motocicletas circulando a contramano como si la marcha del país dependiera de ellos y quizá dependa, sí, por eso están las cosas como están y Mario no se arriesga a decirlo en voz alta porque el portafolio lo tiene trabado, ni que ocultara un micrófono, pero qué paranoia, si nadie lo obliga a cargarlo.

     Pedro decide ponerse la chaqueta que le queda un poco grande pero no ridícula, nada de eso. Holgada, sí, pero no ridícula; cómoda, abrigada, cariñosa, gastadita en los bordes. Pedro mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y encuentra unos cuantos billetes y monedas. No le puede decir nada a Mario y se da vuelta de golpe para ver si los han estado siguiendo. Quizá hayan caído en algún tipo de trampa indefinible, y Mario debe estar sintiendo algo parecido porque tampoco dice palabra. Parece que nadie los ha seguido, pero vaya uno a saber: gente viene tras ellos y quizá alguno dejó el portafolio y la chaqueta con oscuros designios. Mario se decide por fin y le dice a Pedro en un murmullo: no entremos a casa, sigamos como si nada, quiero ver si nos siguen. Pedro está de acuerdo. Mario rememora con nostalgia los tiempos (una hora atrás) cuando podían hablarse en voz alta y hasta reír. El portafolio se le está haciendo demasiado pesado y de nuevo tiene la sensación de abandonarlo a su suerte. ¿Abandonarlo sin antes haber revisado el contenido? Cobardía pura.

     Siguen caminando sin rumbo fijo para despistar a algún posible aunque improbable perseguidor. No son ya Pedro y Mario los que caminan, son una chaqueta y un portafolio convertidos en personajes.

Luisa Valenzuela, Aquí pasan cosas raras.



Источник: Яндекс: Тре­ни­ро­воч­ная работа ЕГЭ по испанскому языку. Ва­ри­ант 3.
4

¿Cuál fue la razón de la visita de Flora a la casa de sus parientes?

 

1) Reclamar el legado de sus progenitores.

2) Declarar su existencia como hija legítima.

3) Dividir la herencia de su padre.

4) Demostrar su fuerza como una mujer moderna.

Задание 14 № 258

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La autoridad se enojó antes de que Flora hubiera abierto la boca en público. Al día siguiente de su llegada, el comisario de Toulon, un barbudo cincuentón oloroso a lavanda, se presentó en su hotel y la interrogó media hora sobre sus intenciones en la ciudad. Cualquier acto que subvirtiera el orden público sería sancionado con energía, le advirtió. Y, horas después, le llegó una citación del procurador del rey para que compareciera en su despacho.

— Dígale a su jefe que no iré — estalló, indignada —. Si he cometido un delito, que me haga arrestar. Pero, si quiere intimidarme y hacerme perder tiempo, no lo conseguirá.

El ayudante del procurador, un joven de maneras delicadas, la miraba sorprendido e inquieto, como si esta mujer que le levantaba la voz y hacía vibrar un índice amenazador a milímetros de su nariz, pudiera pasar a la agresión física. Así te había mirado, Florita, con la misma estupefacción, el mismo desconcierto y el mismo susto, diez años atrás, en la casona familiar, tu tío don Pío Tristán, días después del primer encuentro, cuando por fin tú y él abordaron el espinoso tema de la herencia. Don Pío, elegante, pequeño, fluido, canoso y endeble caballero de ojos azules, tenía muy bien preparada su argumentación. Luego de un amable preámbulo, abrumándote de latinajos y citas leguleyas te hizo saber que, como hija ilegítima de padres cuya unión carecía, según confesión tuya en carta a el, de toda legalidad comprobable, no podías aspirar a recibir ni un centavo de la herencia de su querido hermano Mariano.

A ti, conocer en persona a este hermano menor de tu padre, cuyos rasgos recordaban tanto los de éste, te emocionó hasta las lágrimas. Te abrazaste a tu tío, temblando; te sentías feliz de recobrar a tu familia paterna, de tener, gracias a ella, un calor y una seguridad que desde tu infancia no habías conocido. ¡Lo decías y lo sentías, Florita! Y el tío Tristán se emocionó también en apariencia, abrazándote y murmurando:

— Dios mío, si eres el vivo retrato de mi hermano, hijita.

Pero, cuando, por fin, Flora le expuso sus anhelos de ser reconocida como hija legítima de don Mariano y de recibir, como tal, del legado de su abuela y de su padre, una renta de cinco mil francos, don Pío se transformó en un ser glacial, jurídico, en portavoz inflexible de la norma legal: las leyes debían prevalecer sobre los sentimientos; si no, no habría civilización. Según la ley, a Florita no le correspondía nada; si no le creía, que lo consultara con abogados. Don Pío lo había hecho ya y sabía de qué hablaba.

Entonces, Flora estalló en uno de esos arrebatos como el que, en Toulon, acababa de hacer partir, pálido, casi huyendo, al joven ayudante del procurador del rey. ingrato, innoble, avaro, ¿así pagaba los desvelos de don Mariano, que lo cuidó, protegió y educó allá en Francia? ¿Abusando de su hija desvalida, desconociéndole sus derechos, condenándola a la miseria, siendo él un hombre riquísimo? Flora levantó tanto la voz que don Pío, blanco como el papel, se dejó caer sobre un sillón. Parecía anulado y mínimo en esa sala de paredes guarnecidas de retratos de sus antepasados, altos funcionarios y validos de la administración colonial. Más tarde, le confesó a Flora que, en sus sesenta y cuatro años de vida, era la primera vez que había visto a una mujer insubordinarse de ese modo y faltar así el respeto a un páter familias.



Источник: ЕГЭ по испанскому языку. Под­го­то­ви­тель­ные материалы, ва­ри­ант 1.
5

¿Qué vida le imaginaban los chicos al Ruso?

 

1) De un típico espía y agente secreto.

2) De un pobre mendigo que había tenido que marcharse de su país.

3) De una aventurero rico aficionado a las emociones fuertes.

4) De un criminal que había huido de la cárcel.

Задание 14 № 350

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Por otro lado, у siempre en el centro de una nube de silencio había un hombre, guapo y huraño, de quien apenas podíamos decir dos palabras a ciencia cierta. Solíamos verlo en El Maño, una bodeguilla de la calle General Varela. Andaba siempre solo, sin afeitar, hacía girar su vaso apoyado en la barra; encendía cigarrillos sin filtro mirando despacio todo lo que había a su alrededor, barriles, calendarios, etiquetas de botellas, cada día lo mismo, como si no lo supiese todo de memoria.

Empezamos a llamarlo entre nosotros El Ruso porque tenía cara de refugiado, de haber llegado huyendo de algún confín remoto, con visados falsos y podrido de recuerdos. Su gabardina tenía enganchones y puntos corridos que remitían a alambradas en la nieve, a fronteras de bruma entre países imposibles, perdidos en el frío de las estepas del Este.

Cuántas de esas tardes de nada que hacer llegamos a evocarlo sumergido en un pantano para hacer perder su rastro a los perros adiestrados, o encogido entre la maleza, inmóvil como una piedra, mientras soldados con abrigos largos y gorros de piel hacían girar un foco en su búsqueda desde lo alto de una desvencijada torreta de madera. En decenas de películas creíamos haber visto las estaciones de ferrocarril donde él logró burlar las vigilancias, los escondrijos donde guardaba enterradas joyas y pistolas. Lo imaginábamos subiendo y bajando de trenes en marcha, vadeando los ríos, haciéndose pasar por alemán, dejando embarazadas a las granjeras polacas en cuyos palomares pasaba escondido las noches de tormenta.

Desde su llegada al barrio había un aliciente más para recorrer esas cuatro calles en las que crecimos, doblar una esquina y encontrarlo, poderlo seguir durante unas cuantas manzanas hasta verlo alejarse en un autobús o bajar a deshora las escaleras de una whiskería.

Ninguno de nosotros se atrevió nunca a dirigirle la palabra, pero de alguna manera él representaba la posibilidad de una vida distinta y auténtica, él era los mares y la niebla, era a un tiempo Dresden y el puerto de Marsella, Europa entera bajo la lluvia, era un pasaporte manoseado y un revólver a punto en el cajón de la mesilla. Todo lo que nosotros podríamos llegar a ser con un poco de suerte, a pesar de que todo, absolutamente todo a nuestro alrededor, nos lo estuviera negando a cada instante: aquellos otoños de academias mal iluminadas, los boletines de notas, el aburrimiento, la cena en casa a las diez en punto. El Ruso únicamente necesitaba pasar de largo con las manos en los bolsillos para remover todo eso y hacer estallar en nuestra cabeza los sueños más locos y veloces. Casi me parecía verle, sonriente, seguro de sí, prometiendo un futuro tan amplio y luminoso como aquellas avenidas anchas del centro. No necesitábamos hablar con él, su sombra era bastante.

El epílogo de la historia no mejoraba las expectativas. A media mañana un furgón gris se había llevado al Ruso y tuvimos que hacernos a la idea de que nuestro misterioso espía, cuya sola silueta entre los árboles nos hablaba a diario de la posibilidad de vivir, no pasaba de ser un esquizofrénico de mente insondable que deambuló por hospitales hasta llegar aquí, tirando a base de drogas y subsidios. Su gabardina no conoció las lluvias de Chicago, sino los almacenes de ropa usada; no había documentos falsificados bajo su colchón, en todo caso una triste petaca de ginebra.

6

¿Cómo se describe en el texto el maestro Neri?

 

1) Era un hipócrita que tenía aire artistocrático y elegante.

2) Era una persona simpática que les caía bien a todos que lo conocían.

3) Era un artista talentoso, parecido a Mozart.

4) Era una persona aduladora y servil.,

Задание 14 № 396

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El día de mi dieciséis cumpleaños conjuré la peor de cuantas ocurrencias funestas había alumbrado a lo largo de mi corta existencia. Por mi cuenta y riesgo, había decidido organizar una cena de cumpleaños e invitar a Barceló, a la Bernarda y a Clara. Mi padre opinaba que aquello era un error.

— Es mi cumpleaños — repliqué cruelmente. Trabajo para ti todos los demás días del año. Al menos por una vez, dame el gusto.

— Haz lo que quieras.

Los meses precedentes habían sido los más confusos de mi extraña amistad con Clara. Ya casi nunca leía para ella. Clara rehuía sistemáticamente cualquier ocasión que implicase quedarse a solas conmigo. Siempre que la visitaba, su tío estaba presente fingiendo leer el diario, o la Bernarda se materializaba trajinando por el foro y lanzándome miradas de soslayo. Otras veces, la compañía venía en forma de una o varias de las amigas de Clara. Yo las llamaba las Hermanas Anisete, siempre tocadas de un recato y un semblante virginal, patrullando las proximidades de Clara con un misal en la mano y una mirada policial que mostraba sin tapujos que yo estaba de sobra, que mi presencia avergonzaba a Clara y al mundo. El peor de todos, sin embargo, era el maestro Neri, cuya insausta sinfonía seguía inconclusa. Era un tipo atildado, un niñato de San Gervasio que pese a dárselas de Mozart, a mí, rezumando brillantina, me recordaba más a Carlos Gardel. De genio yo sólo le encontraba la mala baba. Le hacía la rosca a don Gustavo sin dignidad ni decoro, y flirteaba con la Bernarda en la cocina, haciéndola reír con sus ridículos regalos de bolsas de peladillas y pellizcos. Yo, en pocas palabras, le detestaba a muerte. La antipatía era mutua. Neri siempre aparecía por allí con sus partituras y su arrogante ademán, mirándome como si fuese un grumetillo indeseable y poniendo toda clase de reparos a mi presencia.

— Niño, ¿tú no tienes que irte a hacer los deberes?

— ¿Y usted, maestro, no tenía una sinfonía que acabar?

Al final, entre todos podían conmigo y yo me largaba cabizbajo y derrotado, con el alma helada, deseando haber tenido la labia de don Gustavo para poner a aquel engreído en su sitio.

El día de mi cumpleaños el señor Barceló se había tenido que ausentar de la ciudad y Clara se había visto obligada a cambiar la hora de su clase de música con el maestro Neri.

Bajé las escaleras con furia, sintiendo los ojos rebosando lágrimas de ira al salir a la calle bañada de luz azul y de frío. Llevaba el corazón envenenado y la mirada me temblaba. Eché a andar, ignorando al extraño que me observaba inmóvil desde la Puerta del Ángel. Vestía el traje oscuro, su mano derecha enfundada en el bolsillo de la chaqueta. Sus ojos dibujaban briznas de luz a la lumbre de un cigarro. Cojeando levemente, empezó a seguirme.

Anduve callejeando sin rumbo durante más de una hora hasta llegar a los pies del monumento a Colón. Crucé hasta los muelles y me senté en los peldaños que se hundían en las aguas tenebrosas junto al muelle de las golondrinas. Recordé los días en que mi padre y yo hacíamos la travesía en las golondrinas hasta la punta del espigón. Desde allí podía verse la ladera del cementerio en la montaña de Montju'ic y la ciudad de los muertos. A veces yo saludaba con la mano, creyendo que mi madre seguía allí y nos veía pasar. Mi padre repetía mi saludo. Hacía ya años que no embarcábamos en una golondrina, aunque yo sabía que él a veces iba solo.



Источник: ЕГЭ по испанскому языку. Под­го­то­ви­тель­ные материалы, ва­ри­ант 4.
7

¿Cómo era el interior de la casa donde entraron los protagonistas?

 

1) Suntuoso y refinado, muy monumental.

2) Muy pobre, destrozado por el tiempo y la miseria.

3) Ricamente decorado, con diseñado moderno y funcional.

4) No se sabe porque todo estaba a oscuras.

Задание 14 № 442

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Aquel año, el otoño cubrió Barcelona con un manto de hojarasca que revoloteaba en las calles como piel de serpiente. Las calles aún languidecían entre neblinas y serenos cuando salimos al portal. Las farolas de las Ramblas dibujaban una avenida de vapor, parpadeando al tiempo que la ciudad se desperezaba y se desprendía de su disfraz de acuarela. Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventuramos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas. La claridad del amanecer se filtraba desde balcones y cornisas en soplos de luz sesgada que no llegaban a rozar el suelo. Finalmente, mi padre se detuvo frente a un portón de madera labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad. Frente a nosotros se alzaba lo que me pareció el cadáver abandonado de un palacio, o un museo de ecos y sombras.

Un hombrecillo con rasgos de ave rapaz y cabellera plateada nos abrió la puerta. Su mirada aguileña se posó en mí, impenetrable.

— Buenos días, Isaac. Éste es mi hijo Daniel —anunció mi padre—. Pronto cumplirá once años, y algún día él se hará cargo de la tienda. Ya tiene edad de conocer este lugar.

El tal Isaac nos invitó a pasar con un leve asentimiento. Una penumbra azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de una escalinata de mármol y una galería de frescos poblados con figuras de ángeles y criaturas fabulosas. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de tímeles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto.

Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de viejo. A mis ojos de diez años, aquellos individuos aparecían como una cofradía sécreta de alquimistas conspirando a espaldas del mundo. Mi padre se arrodilló junto a mí y, sosteniéndome la mirada, me habló con esa voz leve de las promesas y las confidencias.

— Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quienes lo crearon. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí.

Nuestras miradas se encontraron brevemente. No supe qué contestar. Mi padre entornó la mirada, como si buscase algo en el aire. Miradas o silencios, o quizá a mi madre para que corroborase sus palabras.



Источник: ЕГЭ по испанскому языку. Под­го­то­ви­тель­ные материалы, ва­ри­ант 5.
8

¿Por qué la protagonista, una vez sola en la casa de Ilaria, empezó a revisar los

cajones?

 

1) Le gustaba espiar a la gente.

2) Quería encontrar cartas amorosas de su hija.

3) Quería pillar a su hija en una mentira.

4) Tenía mucha preocupación por la vida de Ilaria.

Задание 14 № 488

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Cuando Ilaria llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «¿Quién te ha invitado? – y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió: Deberías haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen importante». Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: «Paciencia, quiero decir que te esperaré, y después festejaremos juntas el resultado». Poco después se marchó de verdad, con tanta prisa que se dejó sobre la mesa los libros.

Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de censura o inquisición. Sólo había en mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción: la familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. A su manera, aquello era un indicio.

Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con tono más cariñoso posible. «Como siempre –y, tras una pausa, agregó: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.

«¿Hablar? –repitió incrédula. Y, ¿de qué?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar; por lo menos, a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y pequeñoburguesas». Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte». No obedecí: me puse de pie, pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? –le pregunté. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en este estado me hace doler el corazón –añadí. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo». Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi hombro. «Mamá –dijo–, yo ... yo ...»

En ese preciso instante se oyó el teléfono.

–Deja que siga llamando –le susurré al oído. Como conocía su fragilidad, estaba preocupada.

–No puedo –contestó enjugándose las lágrimas.

Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo comprendí que algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo siento, pero realmente ahora debes marcharte».



Источник: Демонстрационная версия ЕГЭ—2012 по испанскому языку.
9

Mis familiares estaban de acuerdo con el general César Mendoza que un día dijo que los chilenos ...

 

1) conversaban de sobra.

2) sabían dialogar.

3) preferían el monólogo al diálogo.

4) abusaban el sentido de la palabra ¨diálogo¨.

Задание 14 № 580

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En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una transmisión de radio en onda corta.

Nada importaba, porque tampoco había interés por averiguar qué pensaban los demás, sólo en repetir el propio cuento.

En la vejez mi abuelo se negó a ponerse un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su mucha edad era no tener que escuchar las tonterías que dice la gente sin cesar. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo.

Hay casos en que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monólogo, porque un diálogo es una simple conversación entre dos personas». Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con la opinión de ese famoso militar.

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham, una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro ¨Diario de mi residencia en Chile¨ que la gente era encantadora, pero tenía un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. En general, la famosa viajera se quedó muy contenta al contemplar los paisajes preciosos de Chile.

Al hablar nos tragamos la mitad de las palabras, aspiramos la «s» y cambiamos las vocales, de manera que «¿cómo estás, pues?» se convierte en «com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en los medios de comunicación y entre la gente educada, en asuntos oficiales y que hablan algunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el coloquial, que usa el pueblo, y el dialecto indescifrable y siempre cambiante de los jóvenes.

El extranjero de visita no debe desesperar, porque aunque no entienda ni una palabra, verá que la gente se desvive por ayudarlo. Además hablamos bajito y suspiramos mucho. Cuando vivía en Venezuela, donde hombres y mujeres son muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil distinguir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran espías de incógnito y su invariable tono de pedir disculpas.

En aquel período de mi vida antes de ir a mi trabajo pasaba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi primera taza de café de la mañana, donde siempre había una apurada multitud de clientes luchando por acercarse

al mesón. Los venezolanos gritaban desde la puerta «¡Un marroncito, vale!» y más temprano que tarde el vaso de papel con el café con leche les llegaba, pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época éramos muchos, porque Venezuela fue de los pocos países latinoamericanos que gracias al gobierno recibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por favorcito, ¿me da un cafecito, señor?». Podíamos esperar en vano la mañana entera.

Los venezolanos se burlaban de nuestros modales de mequetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba a fondo la rudeza de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambió el carácter y, entre otras cosas, aprendimos, claro que sí, a pedir el café a gritos, dejamos de suspirar y supimos pisar el terreno venezolano como los demás. Lo único que nos hacía sufrir era la nostalgia.



Источник: Демонстрационная версия ЕГЭ—2011 по испанскому языку.
10

El tío Ramón ha exigido que …

 

1) le dejen en paz.

2) no abran el armario sin su permiso.

3) le pidan perdón.

4) dejen de robar las cosas.

Задание 14 № 626

Про­чи­тай­те текст и вы­пол­ни­те за­да­ния А15-А21. В каж­дом за­да­нии об­ве­ди­те цифру 1, 2, 3 или 4, со­от­вет­ству­ю­щую вы­бран­но­му вами ва­ри­ан­ту от­ве­та.

 

El tío Ramón tenía un armario grande donde guardaba bajo llave su ropa y sus tesoros: una colección de revistas profesionales, cartones de cigarrillos, cajas de chocolates y licor. Mi hermano Juan descubrió la forma de abrirlo con un alambre enroscado y así nos convertimos en expertos ladrones. Si hubiéramos tomado unos pocos chocolates o cigarrillos, se habría notado, pero sacábamos una capa completa de bombones y volvíamos a cerrar la caja con tal perfección que parecía intacta y sustraíamos los cigarrillos por cartones, nunca por unidades o por cajetillas. El tío Ramón tuvo las primeras sospechas en La Paz. Nos llamó por separado, un niño a la vez, y trató de obtener una confesión o que delatáramos al culpable, pero no le sirvieron palabras dulces ni castigos, admitir el delito nos parecía una estupidez y en nuestro código moral una traición entre hermanos era imperdonable. Un viernes por la tarde, cuando regresamos del colegio, encontramos al tío Ramón y a un hombre desconocido esperándonos en la sala.

– Estoy cansado de la falta de honestidad que reina en esta familia, lo menos que puedo exigir es que no me roben en mi propia casa. Este señor es un detective de la policía. Les tomará las huellas digitales a los tres, las comparará con las marcas que hay en mi armario y así sabremos quién es el ladrón. Ésta es la última oportunidad de confesar la verdad...

Pálidos de terror, mis hermanos y yo bajamos la vista y apretamos los dientes.

– ¿Saben lo que les pasa a los delincuentes? Se pudren en la cárcel -agregó el tío Ramón.

El detective sacó del bolsillo una caja de lata. Al abrirla vimos que contenía una almohadilla impregnada en tinta negra. Lentamente, con gran ceremonia, procedió a mancharnos los dedos uno por uno y registrar nuestras huellas en una cartulina.

– No se preocupe, señor cónsul, el lunes tendrá los resultados de mi investigación -se despidió el hombre.

Sábado y domingo fueron días de sufrimiento fatal para nosotros, escondidos en el baño y en los rincones más privados del jardín contemplábamos en susurros nuestro negro futuro. Ninguno estaba libre de culpa, todos iríamos a parar a una cárcel donde nos alimentarían de agua sucia y mendrugos de pan duro, como al Conde de Montecristo. El lunes siguiente el inefable tío Ramón nos citó en su despacho.

– Ya sé exactamente quién es el bandido -anunció haciendo bailar sus grandes cejas satánicas-. Sin embargo, por respeto a su madre, que ha actuado en su favor, esta vez no lo mandaré preso. El criminal sabe que yo sé quién es. Esto queda entre los dos. Les advierto que en la próxima ocasión no seré tan benevolente ¿me han entendido?

Salimos a tropezones, agradecidos, sin poder creer tanta magnanimidad. No volvimos a robar en mucho tiempo. Hace dos años pensé mejor el asunto y me entró la sospecha de que el supuesto detective fuera un chófer del tío Ramón quien era bien capaz de hacernos esa broma.



Источник: Демонстрационная версия ЕГЭ—2010 по испанскому языку.
11

En el texto se dice que las relacionesentre el protagonista y su hermano …

 

1) les permitían hablar de cosas secretas.

2) los obligaban a desconfiar uno del otro.

3) los hacían mantenerse siempre juntos.

4) les ayudaban a defenderse de otros chicos.

Задание 14 № 672

Mi hermano mayor me despertó a medianoche para revelarme el siguiente secreto:

– Dentro de poco te dirán que los Reyes Magos son los padres. Se lo dicen a todo el mundo al cumplir tu edad. No te locreas. Los Reyes existen, pero como los mayores no saben el modo de explicar su existencia, dicen eso, que son los padres.

Mi hermano dormía en la cama de al lado. Nuestra relación no era ni buena ni mala, así que a veces nos llevábamos bieny a veces mal. Pero éramos cómplices de muchas cosas. Fumamos el primer cigarrillo juntos; hurtamos juntos también las primeras monedas del bolsillo de la chaquetade mi padre; él me hacía los deberes de matemáticas y yo los delengua … Dependíamos el uno del otro, en fin, en demasiadas cosas. Como decía aquél, dos que han robado caballos juntos están condenados a protegerse. La protección pasaba por hacernos este tipo de confidencias sobre las verdades básicas dela vida. Si los Reyes existían y él lo había averiguado, era mejor que yo lo supiera, por duro que resultara para mí.

Lo cierto es que yo ya había oído enel colegio rumores acerca de que Melchor, Gaspar y Baltasar eran los padres. Pero no les había prestado atención. Lo que no podía imaginarme era que los rumores procedieran de los adultos. Si ya les tenía poco respeto, lo perdieron del todo tras larevelación de mi hermano mayor.

En efecto, ese mismo año, cuando nos dieron las vacaciones de Navidad, mi madre me llamó un día y empezó a preguntarme qué pensaba yo de los Reyes Magos.

Le dije que les tenía en gran consideración(no de este modo, claro, no era un niño cursi), aunque no siempre me trajeran lo que les pedía, pues me hacía cargo de que había en el mundo muchos niños y que no podían complacer a todos. Mamá se quedó desconcertada, ya que lo normal, cuando a un chico se le quita la venda de los ojos en este asunto, es que elchico esté ya al cabo de la calle. Creo que estuvo a punto de desistir, pero finalmente tomó aire y me dijo que los Reyes Magos eran los padres.

– Se trata – añadió – de una mentira que mantenemos durante la infancia, porque la infancia es una época de ilusiones fantásticas, pero tú ya no tienes edad para creer en los Reyes.

Mi hermano me había aconsejado que cuando me contaran la mentira de que los Reyes eran los padres, fingiera que melo creía, pues de lo contrario les parecería un chico raro y mellevarían al psicólogo.

Hice, pues, como que me lo creía y me fui a mi cuarto a escribir la carta a los Reyes, una carta, por primera vez, clandestina. Ese año, habidacuenta de que ya era un chico mayor y que me hacía cargo de la situación mundial, que era un desastre, les pedí cosas más razonables que en otras ocasiones. Mi hermano puso mi carta en el mismo sobre que la suya y se encargó de echarlas al correo. Curiosamente, ése fue el primer año que me trajeron todo lo que les pedí.

Tuve la suerte de mantener esa ilusión durante mucho tiempo. Si he de ser sincero, no recuerdo exactamente la edad en la que dejé de creer en los Reyes Magos, quizá cuando falleció mi hermano y en su funeral recordé esta historia fantástica que no sé cómo se le pudo ocurrir. Aunque también es cierto que una vez instalado en el mundo de los adultos comprobé que mentían tanto y de manera tan gratuita, que no sería raro que mi hermano llevara razón y que también hubieran mentido en esto. Este año, como todos desde aquella época, les escribí una carta clandestina (en mi casa ya no creen en los Reyes ni mis hijos) y me han traído de nuevo todo lo que les pedí.



Источник: Демонстрационная версия ЕГЭ—2014 по испанскому языку.
12

¿Qué modelo educativo sigue la madre de Adela?

 

1) Rosa sobreprotege a su hija.

2) Es muy estricta con Adela.

3) Es una madre responsable y prudente.

4) Es una madre permisiva que no sabe poner límites.

Задание 14 № 718

El tobogán

 

A Adela, sus padres la quieren mucho, pero siempre tienen miedo de que pueda ocurrirle algo: que la atropelle un coche, o que se caiga por la escalera, o... por eso no la llevaron a la escuela hasta que tuvo cinco años. Su tía Nuria, que es hermana de su madre y tiene tres niños, siempre le aconsejaba:

— Mandadla a los dos años al parvulario, que a los chiquitines les sienta muy bien relacionarse con niños de su edad, y así será más abierta, más sociable...

Pero su madre siempre respondía:

— Me hace sufrir, es tan tímida, Adela seguro que se pondría a chillar y patalear y me pediría, llorando, que no la dejara, y eso yo no podría soportarlo, pobrecilla mía. Además en las guarderías lo pillan todo, y seguro que no los cuidan lo suficiente. No, de hecho, no le pasa la edad, demasiado tiempo tendrá para estar separada de mí, pobrecilla mía. ¡Y ya le da el sol, todos los días salimos a pasear un ratito!

Sí, la llevaba a pasear por un parque que había cerca de su casa, muy abrigada en invierno, con la gorra y la bufanda bien atada, no fuera que pillara el resfriado.

Un día, cuando Adela rayaba los cuatro años ya estaba en el parque, al lado de su madre, llenando con arena su cubo de plástico, vio que unos niños, poco más o menos, de su edad, trepaban por la escalera del tobogán pequeño. Adela los vio y se quedó mirándolos, boquiabierta tras la bufanda y la pala suspendida en el aire. El viento jugaba con los cabellos de los niños, que reían con estridentes chillidos: seguro que eso de trepar por aquella estrecha y larguirucha escalera debía ser muy divertido, pensó la niña.

Adela miró de reojo a su madre, que en aquel momento estaba distraída hablando con una vecina de banco sobre cómo coger los puntos que se escapan de la media. La niña no se lo pensó mucho, dejó caer la pala y el cubo y se acercó al tobogán.

Sola no había subido nunca, siempre lo había hecho con la ayuda de su padre o de su madre. Tenía ante ella los barrotes, algo brillantes, de piececitos presurosos, entusiásticamente redondos, como si convidasen a ser cogidos...

¡Hala... arriba! Un pie en un barrote y las manos en el de encima. Ahora el otro ¡huy!, cuánto cuesta eso sin que te empuje una mano grande. Adela ya se agarra a las barandas de la parte superior del tobogán y se sienta. Mirando abajo, ve las maderas pulidas y gastadas que descienden. Y no está su padre o su madre con las manos extendidas parándole la caída.

La pequeña tiembla, sus manitas, agarradas a la barra metálica, sudan...

Entonces todo sucede muy deprisa.

El chirrido brusco у vocinglero del frenazo de un coche sobresaltó a la madre de Adela, que giró inmediatamente la cabeza buscando a la niña. En el suelo vio la pala y el cubo.

— Mi hija... ¿dónde está mi hija? — chilló al mismo tiempo que se levantaba alarmada.

— No se asuste, mírela, está en el tobogán — la tranquilizó la vecina del banco. No llegó a tiempo la señora Rosa de detenerla. En aquel corto instante ya había subido por la escalera del tobogán un chiquillo con cara de travieso y, de un fuerte empujón, había mandado a Adela a la arena.

Cuando su madre se arrodilló a su lado, Adela no lloraba, la sorpresa y el susto le habían abierto la boca; en realidad, apenas se había dado cuenta de lo que había ocurrido. Con los gritos de su madre se asustó. Y rompió a llorar con todas sus fuerzas.

— Hijita mía, ¿te has lastimado mucho? ¡Ven, ven con tu mamita!

La cogió en brazos como si fuera un bebé y, llevándosela al banco, la acunaba mientras le iba susurrando:

¿Lo ves? Ya te decía yo que no jugaras con los niños, son malos, y tú aún eres pequeñita, ¡pobrecita mía!

 



Источник: МИОО: Ди­а­гно­сти­че­ская ра­бо­та по ис­пан­ско­му языку 03.03.2014 ва­ри­ант ИЯ10201.
13

En el texto se dice que la presencia de Felipe en casa era secreto garantizado porque …

 

1) ningún pariente lo conocía.

2) lo conocían sólo la madre y la esposa.

3) el albañil que había hecho el escondite era buen hombre.

4) los vecinos pensaban que Felipe ya había muerto.

Задание 14 № 764

Nueve años de esfuerzo

 

…Entonces el sevillano me contó su historia: era profesor de enseñanza secundaria, de los que por entonces se llamaron cursillistas, profesores formados a toda prisa para cubrir las plazas de los institutos que la República había creado. Cuando empezó la guerra tuvo que esconderse: durante la pasada campaña electoral había trabajado con entusiasmo por uno de los partidos republicanos...

Catedrático reciente de un reciente instituto, nuestro hombre estaba también recién casado: se había casado hacía pocas semanas, la guerra sorprendió a los esposos en casa de la madre del novio, viuda, que vivía en Sevilla.

En Sevilla la lucha fue larga y la confusión grande. Ante la perspectiva del previsible desenlace, el joven profesor imaginó y puso en práctica un ingenioso plan que le permitiera salvar el pellejo; y fue, conseguir de un albañil vecino suyo que, con el mayor secreto, le ayudara a preparar un escondite, especie de pozo excavado en el rincón oscuro de la sala interior donde el nuevo matrimonio tenía el dormitorio; un agujero bastante hondo para que él se metiera de pie; no había medio de que se notara nada debajo de la cama.

Lo acordado era que nadie sino la madre y la esposa, conocerían su presencia en la casa y su escondite. El albañil amigo, un buen hombre que nunca hubiera hablado, tampoco podía hablar ya, pues de todas maneras los fascistas lo liquidaron; de modo que era secreto garantizado: la madre y la esposa; el resto de la familia, cuando se interesaban por su paradero obtenían de ambas mujeres la mismísima respuesta que los vecinos curiosos y que las patrullas falangistas: Felipe (Felipe se llamaba) desapareció el día tal sin dejar dicho adónde iba, y desde entonces no habían vuelto a tener noticias suyas; lo más probable era que en aquellos momentos estuviese el infeliz bajo tierra.

Su vida se redujo, pues, con esto a la de un ratón que a la menor alarma corre a refugiarse en su agujero; o mejor, a la de un topo. En el agujero mismo, sólo se metía cuando alguien llegaba a la casa, ya fueran falangistas husmeantes, y a veces otros investigadores, que él oía rebuscar e interrogar, y amenazar y hasta maltratar a su madre y a su mujer, saltándosele el corazón de temor y de ira; no sólo se enterraba vivo cada vez que venían en su busca quienes quisieran matarlo sino también cuando acudían a preguntar por él quienes lo querían bien. Pero si en éste se refugiaba tan sólo cuando llegaba gente a la casa, vivía por lo demás encerrado en ella como un topo, sin salir nunca de la habitación oscura.

Ahí hacía su vida: para estar ocupado en algo y no volverse loco, se entretenía en tejer pañuelos de lana, que su madre vendía luego, o se aplicaba a tareas increíbles, tales como la de redactar, con una letrita minúscula, un texto de lenguaje confuso exclusivamente compuesto por nombres y adjetivos inusuales, sacados con paciencia del diccionario cuyos volúmenes adornaban el estante junto durante horas, iba escribiendo en un cuaderno un absurdo relato ininteligible, a pesar de hallarse formado por palabras todas ellas legítimas de la lengua castellana.

Me tendió el cuaderno, que traía dentro de una cartera; me hizo leer dos o tres párrafos, y aguardó el efecto con sonrisa satisfecha. Yo estaba de veras fascinado: aquello era poesía pura. «¿Cree usted que se podrá hacer algo con este trabajo?», me preguntó. No supe qué contestarle. Agregó: «Me da pena la idea de destruirlo. Son casi nueve años de esfuerzo».

¡Qué no será capaz de soportar el ser humano! Nueve años, casi. Primero, con la esperanza de que el gobierno republicano ganara la guerra; después, con la esperanza de que las democracias triunfaran del eje Berlín-Roma. Nueve años, uno tras otro, siempre a la espera de poder asomar sin peligro a la luz del día...



Источник: МИОО: Ди­а­гно­сти­че­ская ра­бо­та по ис­пан­ско­му языку 16.12.2013 ва­ри­ант ИЯ10101.
14

Según los padres de Pedro, su familia vivía en tanta miseria …

 

1) porque no conseguían trabajo bien remunerado.

2) porque en la vida había poca justicia y mucha desolación.

3) ya que ellos no aprovecharon sus oportunidades.

4) por culpa de la crisis económica mundial.

Задание 14 № 810

La Navidad de Pedro

 

¿De qué se trataba la Navidad? Viviendo en la calle, comiendo lo que podía y nunca lo suficiente, vistiendo ropa rota, era difícil contestar esa pregunta. Para Pedro muchas cosas eran difíciles de entender: por qué su familia dormía bajo un puente, por qué él no estudiaba, por qué revolvían los contenedores de basura en busca de comida.

Cuando llegaba la época de Navidad, lo invadían tristeza, asombro, dolor y sobre todo desconcierto. Lo maravillaba ver la ciudad llena de luces, vitrinas con ciervos, duendes y un señor gordo y con cara de bueno que llevaba regalos a todos los niños, menos a él. ¿Sería que la Navidad no era para todos? ¿Se trataría de dinero nada más?

Había escuchado que se celebraba el nacimiento de un niño que había sido pobre, pero los brillos, los adornos, los arbolitos cargados de regalos le hacían dudar de que aquello fuera cierto. Caminaba por las calles deteniéndose en cada vidriera, en las jugueterías, en las confiterías que ofrecían altos panes llenos de frutas que parecían exquisitas, pero que jamás había probado.

Les preguntó muchas veces a sus padres por qué vivían como vivían y escuchó hablar de injusticia, de desigualdad, de mala suerte. También escuchó hablar de dolor, desilusión, tristeza y abandono. Y un día, decidió no preguntarles más. Quería adivinar de qué se trataría realmente esa gran fiesta.¿Se trataba sólo de colores, adornos y sabores? Algo en su corazón le decía que no, porque el corazón de Pedro no sabía de pobreza y para sentir no necesitaba dinero, ni ropa, ni siquiera comer bien. “Algo más tiene que haber”, pensaba el pequeño y estaba dispuesto a averiguarlo.

La víspera de Navidad Pedro vagó más que nunca por la calle y de pronto reparó en una construcción a la que antes no se había atrevido a entrar: era una iglesia. Su corazón no lo engañaba, algo le decía que hoy debía entrar en ese lugar, que no vestía adorno ninguno, que era austero y hasta viejo, pero que tenía una belleza propia difícil de explicar.

No bien entró, encontró muchas respuestas a sus tantas preguntas: vio un pequeño muñeco que yacía en una especie de cuna pobre, muy pobre (y Pedro conocía bien la pobreza). No vio lujos, ni adornos, tampoco al señor gordo con cara de bueno, sólo vio al niño pobre, tan pequeño como se lo había imaginado y casi real. Y algo le dijo que sí, que ése era el niño pobre que iba a nacer.

Le sorprendió tanta sencillez y tanta paz que nada tenían que ver con el bullicio típico de la ciudad en esa época. El niño en esa especie de catre lo maravilló más, mucho más que las vidrieras y las luces.

— Bienvenido –escuchó el pequeño y se sobresaltó. No estaba muy acostumbrado a que le dieran la bienvenida. –¿Cómo te llamas? –preguntó el párroco de la iglesia.

— Pedro –contestó el niño — ¿y él? — preguntó Pedro señalando al pesebre.

— Él se llama Jesús –contestó sonriente el sacerdote.

— ¿Tienes familia? ¿Quieres decirles que vengan?

Pedro no lo dudó, llevó a los suyos al cálido albergue de esa iglesia que sin lujos ni árboles de Navidad, honraban a un niño recién nacido. Y mientras el sacerdote les contaba acerca de la Navidad, les dio de cenar y compartieron todos la mesa, con manjares sencillos, pero que para la familia fueron inolvidables.

Y en el abrigo de esa iglesia, en la calidez de esa mesa compartida, y en el cariñoso abrazo de ese sacerdote, Pedro y su familia aprendieron de qué se trataba la Navidad. Y Pedro supo que siempre había tenido razón, que la Navidad era infinitamente más que luces y panes con frutas.



Источник: ЕГЭ по ис­пан­ско­му языку 24.04.2014. До­сроч­ная волна. Ва­ри­ант 1.
15

¿Qué hizo María tras colocar el recipiente con la comida?

 

1) Se quedó para conocer a José personalmente.

2) Se dispuso a esperar a que el hombre comiera.

3) Se arrepintió inmediatamente de su acto.

4) Abandonó aquel lugar muy de prisa.

Задание 14 № 856

Un tazón de sopa

 

Hacía años que José vivía en la calle, tantos, que creía haber nacido allí. Ya no le importaba ni el por qué, ni el cómo, ni el hasta cuándo. José se había acostumbrado, se instaló en un edificio que antes había sido un banco. La propiedad estaba abandonada en espera de un juicio que debía decidir su destino. Por suerte para José, la justicia era lenta, muy lenta.

María era una mujer sola. Se había mudado al barrio hacía poco y no tenía muchos amigos. Tenía un alma noble, pero un carácter algo difícil. Una noche, camino a su casa, María pasó por el refugio de José. Casi no le prestó atención, hacía demasiado frío como para detenerse a observar a un hombre sucio y cubierto de mantas rotas.

Se preparó una sopa y se sentó a la mesa, sola como siempre. De pronto recordó al hombre que había visto al volver a casa. Miró el plato de humeante sopa y se dejó llevar por su impulso. Quería llevarle algo calentito para que ese hombre, cuyo rostro no recordaba, no sintiese tanto frío. Tomó un tazón de porcelana viejo, lo llenó, lo tapó con un plato y se lo llevó.

El hombre seguía allí, cobijado por las mantas agujereadas. María depositó el tazón junto a José y se fue rápido, perseguida por el frío o algo de vergüenza, de esa que a veces se siente aunque no se debiera. José comenzó a creer en los milagros, hacía mucho que no tomaba un plato de sopa caliente. El aroma lo embriagó y el sabor recorrió su cuerpo, igual que el calor de ese caldo que curó, por un instante, tantos años de frío y hambre. Se preguntó quién la habría dejado, miró el coqueto tazón de porcelana, lo tocó, y la textura de esa fina loza lo maravilló y lo intrigó también. Agradecido y con menos frío de lo habitual se dispuso a dormir.

María regresó a su casa, calentó la sopa y se sirvió otro plato. Mientras veía elevarse el humo que emanaba del caldo, pensó en José y en ella también. Le dio pena ese hombre que vivía solo en la calle, pero también sintió pena por ella. Vivía sola, cómodamente, sí, pero sola. Se preguntó cómo habría sido la vida de José, qué habría pasado para que terminase viviendo en la calle. ¿Cómo se sentiría vivir a la intemperie, pasar hambre, frío y soledad? María no tenía respuestas para sus preguntas, lo que sí sabía era cómo se sentía la soledad, lo sabía muy bien.

A partir de ese día, cada noche María dejaba un tazón de sopa caliente junto a José. Volvía a su casa y se servía otro para ella. Comenzó a sentirse menos sola, sabía que mientras ella cenaba, José también lo estaba haciendo. Por primera vez en su vida, comenzó a cocinar no sólo para ella y el sentir que alguien la necesitaba y la esperaba la alivió y curó en parte su soledad. Para José los días cambiaron y se hicieron más cortos. Sabía que a pesar de las penurias que el día le deparase, por la noche llegaría esa caricia contenida en el tazón de sopa caliente.

De un modo u otro, ambos se necesitaban porque, cierto es, todos necesitamos de todos, con hambre o sin ella, con frío o con calor. Y se ayudaron mutuamente, porque la soledad también produce frío y porque el hambre se siente más si uno está solo. Y se sintieron menos solos, menos abandonados. El tazón de porcelana cobijaba cada noche, mucho más que sopa caliente.

Lo que María regalaba a José era mucho más que alimento y lo que José hacía por ella era infinitamente más que dar las gracias. Es verdad que quien da primero, da dos veces.Todas las noches, un pequeño milagro se hacía realidad, la soledad, el hambre y el abandono desaparecían tras el vapor de una sopa amorosamente servida en un tazón de porcelana.



Источник: ЕГЭ по ис­пан­ско­му языку 24.04.2014. До­сроч­ная волна. Ва­ри­ант 2.
16

¿Qué problema tiene el señor Gutiérrez?

 

1) No se preocupa por los estudios de sus hijos.

2) Trabaja mucho para que su finca le dé para vivir.

3) Piensa demasiado.

4) No puede conciliar el sueño por la noche.

Задание 14 № 1390

Al pie de una máquina

 

Quiero escribir un artículo, pero el ruido es terrible. La carretera de tierra que pasa por delante de mi casa está siendo arreglada por una de esas grandes máquinas que, según convenga, excavan, remueven, allanan. Dejo mi mesa y salgo a ver cómo trabaja desde el borde de la carretera.

Cuando la poderosa máquina se me acerca digo “buenos días” y el hombre me mira como sordo. Al cabo de unos segundos mueve determinada palanca, las cadenas de la máquina se detienen y el motor calla. En el silencio se oye extrañamente clara y limpia la voz del maquinista: “Buenos días. Perdone, pero el ruido no me deja oír nada”.

Aprovecha para encender el cigarillo, y empezamos la conversación. Al hombre le gusta hablar. Sus primeros comentarios se refieren a la máquina y a su trabajo, como es lógico, respondiendo a mi curiosidad. Pero pronto las palabras van por otros caminos. Yo estoy de pie, los brazos cruzados; él, sentado allá arriba, protegido del sol, fumando, como en un trono, o sea, como en su casa. Es un hombre robusto, de cara agradablemente tallada y lenguaje bien construido. A mí cada vez me sorprende más lo bien que habla la gente del campo. No diré que todo el mundo campesino se expresa con facilidad, pero sí que puestos a decir algo, hay en el campo muchas personas que lo dicen de una manera perfecta: construcción, tono y vocabulario incluidos. Pues bien, volviendo al maquinista, más que gustarle hablar lo que ocurre es que lo necesita. Después de largos ratos trabajando solo, ensordecido por el estrépito que él mismo produce, el maquinista necesita oír su propia voz.

Me habla de distintos propietarios de la comarca, que a la vez son sus clientes. Le digo que, por lo que veo, como los arreglos de esta carretera son por segunda vez provisionales, aquí tendrá clientela para toda la vida. “Siempre hay cosas que hacer, señor. Lo peor sería tenerlo todo listo”.

Es posible que descubra en mi cara un mayor interés porque se lanza por este camino: “Le contaré el caso del señor Gutiérrez, a quien tal vez usted conoce. ¿No?, pues bien, tiene tres hijos, los tres casados, sin ningún problema, y una finca que la llevan honradamente y que le da para vivir sin quebraderos de cabeza, y este invierno me decía: 'Le voy a confesar una cosa, Pedro. No sé qué hacer. No tengo que preocuparme por los estudios de mis hijos, por su futuro. Por nada. Sólo puedo hacer algo que no me gusta: pensar. Por ello me levanto a las seis de la mañana. Y usted me dirá, ¿por qué se levanta a las seis de la mañana si ya lo tiene todo hecho? Muy sencillo. Porque es la única manera de que a las diez de la noche tenga sueño, y así consigo dormirme sin pensar demasiado. Si uno empieza a pensar estas primeras horas de la noche, está perdido'.

Y sin duda usted conoce al señor Pilares, el del camping. Es muy inteligente. Resulta que ahora le darían un crédito de no sé cuantos millones. Me decía que lo adecuado sería liquidar el camping, que siempre dará poco, y con el terreno y los millones hacer un gran negocio, pero no lo hará, porque él sabe cómo ganar dinero sin tener que trabajar, pero que todavía no ha aprendido qué hay que hacer

entonces con el tiempo. ¿Qué le parece? Que seguirá con el camping, porque obliga más. Es lo mismo, ¿se da cuenta? No pensar.” Tira el cigarillo sobre la arena. “Bueno”, dice de pronto, “y perdone la molestia”. El motor ensordece de nuevo, yo reacciono y digo: “¿Quiere tomarse una cerveza?”

Él no vuelve la cabeza, no me oye, encerrado en su cúpula de ruido. Avanza lenta y tenazmente, repartiendo la tierra con la enorme pala.

Tal vez este estrépito es la barredora mental que él ha encontrado para no pensar. Todos nos defendemos a nuestra manera.



Источник: СтатГрад: Диагноcтическая ра­бо­та по ис­пан­ско­му языку 15.12.2014 Ва­ри­ант ИЯ10101.
17

¿Por qué Manuel sospechó que la chica tenía problemas psíquicos?

 

1) La joven mordió una moneda caída pensando que era comestible.

2) Echó la moneda en vez de guardarla.

3) Tendría unos dieciocho años pero se portaba como una niña pequeña.

4) La joven no entendía cómo había llegado hasta allí.

Задание 14 № 1430

Perdida

 

Estaba perdida. O, al menos, eso le pareció a Manuel.

Llevaba un buen rato observándola con desconfianza, esperando que se marchara sin causar problemas. Era la víspera de Navidad, y de momento la tarde se estaba desarrollando sin incidentes. Pero aún quedaba un rato antes de que las tiendas empezaran a cerrar, y toda la noche por delante.

Estaba de mal humor. Le había tocado trabajar en Nochebuena, y aquella extraña muchacha que iba de un lado para otro haciendo cosas raras no contribuía a mejorar su estado de ánimo.

No molestaba a los clientes pidiendo limosna, ni tampoco buscaba comida. Vagaba desorientada por el centro comercial, daba unos pasos en una dirección, hacia el brillante cartel que anunciaba “Feliz Navidad” sobre la puerta de una tienda de moda; pero se detenía a mitad de camino, y entonces daba media vuelta y avanzaba con timidez hacia un Papá Noel que presidía otro de los escaparates, y cuyo gorro rojo estaba lleno de bombillas que atraían su atención. Se daba cuenta entonces de que no era eso lo que buscaba, y seguía dando vueltas, desconcertada y confusa.

Manuel no sabía si echarla o no. Llevaba ya muchos años trabajando como guardia, y por norma general no intervenía si no lo consideraba necesario. Deseó, de todas formas, que la chica se cansase de dar vueltas por allí y se marchara a cualquier otra parte. Lo último que quería era tener problemas la víspera de Navidad.

La vio sentarse en un rincón y echar un vistazo desalentado a su alrededor. Daba la sensación de que ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí. La atraían las luces, eso estaba claro. Era como si buscase una en particular, pero no la encontrase en medio de aquel estallido de reflejos y destellos. Vestía de forma descuidada , como si cubriera su cuerpo más por imitación que por verdadera necesidad de taparse. Eso intrigaba a Manuel. ¿De dónde habría salido aquella muchacha? No pasaría de diecisiete o dieciocho años y, sin embargo, parecía actuar como una niño de cinco.

Alguien dejó caer una moneda frente a ella. Manuel la vio coger la moneda y contemplarla con curiosidad. La olió y hasta se arriesgó a mordisquearla. Descubrió que no era comestible, y la tiró a un lado, con indeferencia, un poco decepcionada.

Manuel empezaba a pensar que la muchacha simplemente estaba loca. Tal vez, se había escapado de algún psiquiátrico. Entonces, vio que junto a ella se había detenido una niña envuelta en un abrigo rosa, con un gorro y una bufanda que le tapaban la cara casi por completo, dejando ver solamente unos expresivos ojos castaños.

Las dos se miraron. La chica perdida sonrió a la niña y le tendió la mano, tal vez ofreciendo su amistad, tal vez, pidiendo ayuda. La niña nunca llegó a saberlo, porque su madre tiró de ella para alejarla de aquella extraña joven. Manuel oyó su voz protestando:

– ¡Era un ángel, mamá!

... El centro comercial estaba construido en torno a un inmenso árbol centenario que no habían derribado porque los ecologistas de la región pusieron el grito en el cielo. De manera que allí se quedó. Ahora estaba engalanado con todas las luces y adornos de Navidad, y una enorme estrella relucía en su rama más alta.

Aquel día, las tiendas cerraban mucho antes que de costumbre. Cuando el centro comercial se quedó en calma, solitario y a oscuras, Manuel recorrió los pasillos. Descubrió a la chica al pie del árbol, y antes de que Manuel se diera cuenta, se abrazó al tronco y comenzó a trepar por él con envidiable agilidad.

– ¡Eh! – le gritó él, perplejo y alarmado-. ¡Baja de ahí! ¡No puedes hacer eso!

La muchacha apenas le escuchó: ya se había encaramado a la rama más alta y miraba hacia lo alto. Manuel comprendió qué había atrapado su atención: era la luna.

La chica dio un salto y se arrojó al vacío. Manuel la vio suspendida en el aire. La luz de la luna bañaba su verdadero cuerpo, luminoso, sobrenatural, sus alas transparentes temblaban a su espalda. La chica dio un par de vueltas en torno al árbol y desapareció, de vuelta a su hogar, dondequiera que estuviese...



Источник: СтатГрад: Диагноcтическая ра­бо­та 16.03.2015 Ва­ри­ант ИЯ10201.
18

¿Cuál era el problema mayor del muchacho?

 

1) No podía hacer deberes sin la ayuda de su madre.

2) Le costaba mucho aprender nuevos juegos.

3) Necesitaba demasiado tiempo para todo.

4) No lograba sacar notas altas en la escuela.

Задание 14 № 1474

La confianza

 

Facundo era un muchachito sumamente prudente, quizá demasiado. Tenía poco más de 14 años y ya había aprendido a ser responsable con sus cosas y con las de los demás. En su conducta era muy fiel a sus convicciones. Antes de tomar una decisión, evaluaba todas las posibilidades, todas las consecuencias -positivas o negativas. Por ejemplo, si no había podido leer la fecha de vencimiento de algún producto que compraba su mamá en el supermercado, prefería no comerlo – no quería correr riesgos.

Así era en todo: prudente al extremo. Y ni hablemos si tenía que elegir un amigo. Antes de confiar en él, lo pensaba varias veces, averiguando lo más posible acerca de sus gustos, de su comportamiento en los juegos e incluso de su familia.

Uno de los problemas más graves de su forma de ser era que para todo se requería el doble de tiempo. Y otro era que, en muchos casos, las situaciones más simples y sencillas se convertían en una verdadera complicación.

Una tarea que un compañero realizaba en media hora, a él le llevaba una, porque primero la hacía en un borrador, luego se la daba a su mamá para que la corrigiera, después la pasaba a limpio y se la volvía a entregar a su mamá para que le echara un último vistazo. No quería sacar malas notas por una falta de atención que hubiera sido evitable. Si quería jugar a un juego nuevo, tenían que dejarle las

instrucciones o el reglamento en su casa el día anterior para que los leyera. Sus padres y amigos querían mucho a Facundo porque era incapaz de hacerle mal a nadie, un verdadero alma de Dios, aunque a veces los cansaba con esa forma de actuar y el interminable listado de preguntas que hacía para cada tema.

Un domingo por la mañana, su papá colocó sobre la mesa dos cajitas: una de madera y otra de vidrio transparente. En la de vidrio, puso los caramelos favoritos de su hijo. En la otra, no se veía lo que había porque era opaca. Llamó a Facundo y le dijo que podía elegir una de las dos cajas para dejarla. Era un regalo. Eso sí, tenía que elegir sólo mirándolas, no podía tomarlas en sus manos y, por lo tanto, no podía pesarlas, ni agitarlas, ni… nada. Se las mostró a Facundo y le pidió que eligiera una respetando la regla expresada sin hacer preguntas.

Parecía fácil pero por la cabeza de Facundo pasaban innumerables posibilidades. ¿Qué contenía la caja de madera? Su papá, que lo quería mucho, no podía poner nada feo en ella. Pero en la otra sí sabía lo que había. Era algo seguro, conocido, y además le gustaban mucho esos caramelos. Después de meditar un largo rato, se decidió, pero parecía que la mano no le respondía, porque tardó una eternidad en tomar la caja de madera.

Cuando la abrió, vio que dentro había una copia de las llaves de su casa. De inmediato le dio un abrazo fuerte a su papá, porque hacía mucho que se las había pedido. “¿Por qué elegiste esa caja, hijo, si no sabías qué había dentro?” “Porque no puedo esperar nada malo de ti, papá, por eso me di cuenta de que es bueno ser prudente, pero tengo que confiar en los demás, sobre todo si sé que es alguien que

me quiere. Es importante saber confiar aunque no tengamos todas las seguridades. Me parece que, muchas veces, me había perdido muchas cosas muy buenas y eso fue por temor a arriesgarme.” “Ahora que te escucho decir esto, -dijo el papá- estoy seguro de que ya era hora de que tuvieras las llaves de casa.”



Источник: ЕГЭ 05.05.2015. Досрочная волна.
19

¿Qué le pasó al guía en el bosque?

 

1) Se torció una pierna.

2) Se negó a seguir adelante.

3) Perdió el conocimiento.

4) Se perdió entre los árboles.

Задание 14 № 1514

Por amor a tu tierra

Inti, que en lengua quichua significa “Sol”, era un joven inteligente, su única diferencia de los demás compañeros era que pertenecía a otro país y que además contaba con el privilegio de dominar dos idiomas – el español y el quichua. Cosa que, absurdamente, lo convirtió en el centro de constantes burlas que incluían chistes, apodos y empujones en los pasillos del colegio. El muchacho estaba siendo víctima del acoso estudiantil.

Por esta causa, Inti había descuidado sus estudios y se veía triste, todo esto afectaba a su estado de ánimo y su autoestima. Les comentaba esta situación a sus padres y decía que no quería volver al colegio, pero ellos pensaban que sólo era un capricho y que pronto se le pasaría. Así que el adolescente tuvo que hacer de tripas corazón y seguir yendo a su colegio.

Inti no contó con el apoyo de sus padres, pero se aferró a su fe: se levantaba temprano para orar y pedía a Dios que le ayudara a cambiar esta situación. Los milagros existen, así que un día su clase ganó un viaje a uno de los parques naturales de Colombia. El chico no quería ir, pero sus padres y algunos compañeros lo motivaron para que fuera.

El viaje fue espectacular, los paisajes hermosos y el parque genial. Para adentrarse en él, necesitaban un guía turístico, y les presentaron a Juan, el encargado del recorrido por el parque. Al cabo de una hora de caminata junto con el guía, se les presentó un problema poco frecuente: el guía se desmayó, asustando a los jóvenes y los docentes – estaban en medio de un bosque espeso y además tenían que prestarle primeros auxilios al guía.

Por sorpresa, en ayuda acudió la persona que menos esperaban y a la que tanto habían despreciado: Inti, que era de los que todavía no habían perdido los valores ancestrales de su tribu, que conservaron y transmitieron la costumbre de ubicarse por medio del sol y del paso de las aves, resultó ser el salvador del grupo. Después de cargar a Juan en una camilla improvisada y gracias a los conocimientos del joven indígena iniciaron el regreso.

Más tarde uno de los profes le pidió a Inti que les contara acerca de las costumbres de los quichua. El muchacho accedió y empezó a contarles sobre la filosofía de su pueblo que se caracteriza por un sentido de humanidad sobre las cosas animadas e inanimadas, por lo tanto todo es respetado y valorado. Les dijo que todavía algunas de estas tribus veneran las cavernas, el sol, las montañas, el diablo, pero que su familia ha dejado algunas de estas costumbres por pertenecer al cristianismo.

Contó sobre muchos ritos que tienen sobre la madre tierra – La Pachamama, habló sobre la vestimenta que en los hombres es de blusa y pantalón blancos y un poncho negro, en las mujeres camisas hasta los tobillos, bordadas con flores y plantas, habló de cómo se diferencia la lengua quichua del español por no utilizar la “e” y la “o” y algunas letras más. Habló de los mandamientos ancestrales de los quichua que son: Ama súa – “no seas ladrón”, Ama quella – “no seas perezoso”, Ama llulla – “no mientas.”

El camino se les hizo corto, gracias a que Inti les había narrado sobre las

costumbres de su raza, y debido a este hecho sus compañeros de clase y sus docentes habían aprendido a valorar las tribus indígenas y el valor cultural que éstas encierran. Muchos se acercaron al joven y le pidieron disculpas. Todos entendieron cuánto daño hacía el no valorar el idioma, las costumbres, la patria del otro, y lo más importante: que nunca había que olvidar el respeto por los demás y el amor por lo suyo propio.



Источник: Де­мон­стра­ци­он­ная вер­сия ЕГЭ—2016 по ис­пан­ско­му языку.
20

Adela se queda agitada al oír la noticia de que...

 

1) Salvador ha sido operado.

2) uno de sus vecinos es un chico de su edad.

3) pronto irá a la montaña con sus padres.

4) a Salvador le dan clases gratuitamente.

Задание 14 № 1569

Es difícil ganarse amigos

 

La señora Antonia, que lo sabe todo y no pierde detalle, se ha encargado de informar a quienes han querido escucharla.

– Y el chico no está enfermo exactamente, sino que lo operaron de la cabeza, pobrecillo, y ahora no puede ir al colegio, y por eso vienen a su casa a darle clases. Ahora lo cuenta a la madre de Adela, que sube, cargada con dos bolsas.

–Sí, sí, señora Antonia, muy bien, pero ahora discúlpeme, que aún he de preparar la cena.

La señora Rosa no soporta los chismorreos de la portera, pero Adela, que sube detrás de ella, aguza el oído.

– Y cada día viene uno distinto –la portera sigue con su relato. – Son tres señoritas y dos muchachos. Y cada uno le da una lección, uno gramática, el otro geografía y no cobran nada por hacerlo.

Se vuelve hacia Adela y le pregunta:

– ¿No lo conoces, guapa? Se llama Salvador y tiene tu edad.

La niña niega con la cabeza. El parloteo de la portera se oye aún mientras abren la puerta del piso.

Saber que hay un niño en el tercer piso tiene a Adela muy excitada. Sería magnífico poder ser amiga de él, aunque es muy difícil eso de ganarse amigos.

Alguna vez ha ido con sus padres a casa de amigos de ellos que tienen hijos. A Adela le molesta que su madre le diga: “Son casi de tu edad, podéis pasarlo de maravilla jugando, a ver si termináis siendo amigos”.

Y si esto la molesta, es porque sabe que eso no funciona así, que un niño o una niña te cae bien o mal por mil cosas, aunque los padres piensen que por el solo hecho de ser niños tienes que hacer amigos con ellos. Como aquel día que fueron a la montaña, a casa de un amigo de su padre. El niño de la casa, Carlos, era un extremo antipático, con solo verla le dijo:

– Tú vives en Barcelona, ¿verdad? Ya se nota, ¡pareces una momia! ¿Estás metida siempre en la nevera? ¡Ja, ja, ja!

Adela sintió ganas de arañarlo, pero Carlos ya había salido al patio y gritó:

– ¡Ana, ven, tenemos visita!

Y una niña apareció como por sorpresa. Miró a Adela con aire de suficiencia y le dijo:

– Me llamo Ana y tengo tres hermanos.

– Pues yo... no tengo ninguno – murmuró Adela, que se sentía muy incómoda.

Ana se le acercó y le preguntó:

– ¿Cuántas palabrotas sabes?

– Algunas...pero mis padres no me las dejan decir, dicen que es una cosa muy fea.

Ana rompió a reír:

– Pues yo sé muchas, ¿sabes? Las sé todas.

Y le soltó una porción de palabrotas, blasfemias e insultos que dejaron a Adela boquiabierta.

Ana se sintió muy satisfecha de la impresión que había causado a la forastera y, guiñando a Carlos, le propuso:

– ¿Vamos a ver quién corre más con las bicis?

Cuando Adela vio los caminos con fuertes desniveles por donde tenían que pasar se negó en redondo a participar en la competición.

– Eres una miedica – se rió Ana – y no te queremos para jugar con nosotros. ¡Anda, ahí te quedas, tonta!

Y se fue con Carlos, riendo y gritando, pedaleando con toda su energía.

Adela permaneció el resto de la mañana sentada en una esquina del bosque, sin saber qué hacer, dudando en regresar a la casa por miedo de que sus padres la regañasen por no saber jugar con aquellos niños.

Y cuando después de comer, la niña había insistido en que quería quedarse dentro de la casa a ver el programa de televisión, tuvo que oír los comentarios de sus padres.

–¡Mira qué extraños son los críos de hoy! En lugar de correr por la montaña, respirando aire limpio,¡no!, prefiere quedarse encerrada en casa mirando la tele...

Y la madre de Carlos añadió:

– Sí, la culpa es de la tele, que los tiene idiotizados.



Источник: СтатГрад: Тре­ни­ро­воч­ная ра­бо­та 11.04.2016 Ва­ри­ант ИЯ10101.
21

Una mujer provocó un vivo interés del camarero joven después de …

 

1) hacer un generoso donativo al restaurante.

2) mostrarle que también tenía fuerzas mágicas.

3) recibir inesperadamente un montón de dinero.

4) irse sin pagar por el desayuno.

Задание 14 № 1613

El don

 

Daniel tenía un don. Tal vez, uno de los más deseados por el resto de los humanos: conocía con antelación los números de lotería que tendrían algún premio el día del sorteo. Se dio cuenta del don cuando era adolescente y fue un día con su padre a comprar lotería de navidad: observó perplejo cómo algunos de los décimos parecían emitir una especie de calor especial, extraño, casi extravagante. Casi parecía que tuvieran luz propia.

Pero la moneda siempre tiene dos caras. No conocía el amor. Aquel don fantástico tenía un precio enorme: su corazón no se estremeció jamás por una caricia. Fue entonces cuando empezó a odiar aquella falsa virtud de acertar siempre. ¡Tan absurdo, vacío e idiota se sentía! Cuando tuvo veintiún años se fue de casa. No lo aguantó más. Eligió la capital, allí, trabajando de camarero entre tanto millón de humano, difícil sería que volvieran a molestarle por culpa de aquel don tan idiota. Jamás utilizó su ahora secreto don para su propio beneficio, y eso era algo que le llenaba de felicidad.

Una día una mujer le dejó una propina desmesurada por un simple café con leche y un croissant. En aquel momento Daniel sintió algo en lo más profundo de él. Al mirarla a los ojos y sonreír muerto de vergüenza por aquella generosidad, observó que aquellos ojos de miel tenían la misma luz que irradiaban aquellos boletos de lotería. Cayó rendido, rendido al amor. Daniel se enamoró como un loco.

A Marta le enamoró aquella paz que parecía envolver a aquel camarero de mirada tímida, casi fugaz. Y empezaron a salir. Marta se enamoró hasta más no poder cuando descubrió que su novio se pasaba horas y horas en comedores sociales, no sólo como voluntario, sino también aportando dinero para abastecer de más recursos alimenticios a los más necesitados. La muchacha alucinó aún más cuando observó cómo se gastaba mucho más de lo que le aportaba su miserable sueldo en alimentos para donarlos a la caridad; cómo compraba libros para chavales sin recursos; cómo alimentaba a los gatos y perros ansiosos de un dueño al que llenar de amor incondicional.

Una noche Daniel le explicó a la muchacha lo de su don, que eso le llenaba el alma. Marta no daba crédito a cuanto escuchaba y su imaginación más egoísta -o tal vez también más humana, más terrenal- ya sólo pensaba en las mil y una cosas que podrían tener gracias a ese don tan excepcional.

La primera vez que Daniel utilizó el dinero de un premio para sí mismo sintió un frío recorrer por todo su cuerpo. Algo se rompía dentro de él justo cuando pagaba unos zapatos que gustaban a Marta desde hacía semanas. A esos zapatos caros, les siguieron varias prendas de vestir y algunas cenas románticas en restaurantes. Un velo casi invisible, imperceptible, le cubrió los ojos al muchacho, la cara … y en unos días el corazón y el alma.

Marta se sabía responsable de aquella desdicha. Pero el amor de Marta era sincero y decidió que ahora sería ella la que ayudaría a Daniel. Y propuso un plan que se resumía en algo muy sencillo: al día siguiente se gastarían los últimos ahorros en comprar un décimo de lotería de todas las terminaciones, del cero al nueve.

En el barrio son la pareja más admirada. Allá donde van acaban con la miseria. "¡Y sólo con el sueldo de un camarero y el de una profesora!”, escucharon sin querer una vez a unas mujeres que cuchicheaban desde el otro lado de la acera. Marta y Daniel sonrieron felices, así es como les gustaba vivir.



Источник: ЕГЭ по испанскому языку 08.04.2016. До­сроч­ная волна
22

Cuando uno de los deseos de la niña no se cumplió, ella creyó que …

 

1) era un deseo absurdo.

2) su madre le había mentido.

3) sus deseos no se cumplirían nunca.

4) tenía que ser paciente y esperar.

Задание 14 № 1716

“Pide un deseo”

 

Cuando era pequeña, mi madre me decía con frecuencia “Pide un deseo”. Si pasábamos debajo de un puente por el cual pasaba un tren, me pedía que cerrara los ojos y pidiera un deseo. Tres deseos a la hora de soplar las velitas cada cumpleaños. Uno, si veía una estrella fugaz, varios si encontraba un diente de león para soplar y hacer volar mis deseos por el aire.

Cuando ella cumplía años, me gustaba verla frente a las velitas: cerraba sus ojos y, luego de un rato de mucha concentración, soplaba las velas y sonreía como convencida de que los deseos que había pedido, se convertirían en realidad. Yo le hacía caso y no perdía ocasión de pedir mis deseos y, en la inocencia de mi niñez, creía que todos se cumplirían. Sin embargo, no todos se hacían realidad.

Recuerdo cuando pedí que mi muñeca pudiera hablar conmigo. Eso jamás ocurrió. No me desilusioné, pensé que, tal vez, a mi muñeca le costaba aprender a hablar, tal como a mí me costaba atarme los cordones solita y esperé con paciencia que ese deseo se cumpliera.

Siempre me pregunté por qué para mi madre era tan importante que pidiera deseos y pensaba que, si ella me lo pedía, habría una buena razón. Yo lo hacía y ya. No sabía tampoco si se cumplían sus deseos o no, pero no me atrevía a preguntarla porque, aun siendo niña, sentía que los deseos eran algo íntimo, propio y se debían guardar para uno.

El tiempo pasó y, siendo ya una jovencita con muchos deseos pedidos, me daba cuenta de que no bastaba con cerrar los ojos o soplar fuerte. ¿Qué había que hacer, entonces, para que los deseos se cumplieran? ¿Habría aprendido mal a pedirlos y por eso a veces no tenía suerte? Y, a pesar de que seguía pensando que los deseos eran algo íntimo, le pregunté a mi madre cuál era su secreto para que todos sus deseos se cumplieran.

Para mi sorpresa me contestó: “¿Y quién te ha dicho que todos mis deseos se han cumplido?”, sonrió. Le expliqué que desde niña había visto la sonrisa en su rostro al pedir deseos, con insistencia y entusiasmo. Que siempre me había parecido que si tanto me pedía que lo hiciera, era porque sabía que tendría la suerte de ver mis deseos cumplidos.

Mi madre me miraba y seguía sonriendo. Desorientada, insistí: “¿Se cumplieron o no?” “No todos”, respondió. “¿La mayoría?”, volví a preguntar. “No lo sé”, contestó. Esto me desconcertó. ¿Cómo no saber, no recordar si un deseo se había hecho realidad? ¿Por qué tanta insistencia si muchos no se cumplían, si incluso alguno ni siquiera lo recordaba? Y entonces mi madre me dijo algo que jamás olvidaría.

“El simple hecho de pedir un deseo es ya en sí un acto mágico. Ese instante cuando soplamos una vela u observamos una estrella fugaz, es maravilloso. Lo más bello de pedir un deseo es la ilusión que sentimos al hacerlo, porque lo pedimos con fe, convencidos de que se hará realidad, y eso nos hace felices.” “Sabes por qué? -prosiguió-. La felicidad se mide en momentos pequeños y simples. Desear, soñar, ilusionarnos enriquece nuestra vida, la hace más bella. Alguien ha dicho: “Si sueñas con alcanzar las estrellas, cuando menos obtendrás la luna”. Lo más importante es el mágico e inmenso hecho de soñar y de desear …”

Jamás olvidé esas palabras, fue una de las enseñanzas más bellas que me dejó mi madre, por eso nunca pierdo ocasión de pedir un deseo. Sea una estrella fugaz, un diente de león o un tren pasando por un puente, aprovecho ese momento simple y pequeño para ilusionarme, y esta ilusión me acerca a la felicidad y sé que así estoy cumpliendo un deseo de mi madre.



Источник: Де­мон­стра­ци­он­ная вер­сия ЕГЭ—2017 по ис­пан­ско­му языку.

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