№№ заданий Пояснения Ответы Ключ Добавить инструкцию Критерии
Источник Раздел кодификатора ФИПИ
PDF-версия PDF-версия (вертикальная) PDF-версия (крупный шрифт) PDF-версия (с большим полем) Версия для копирования в MS Word
Вариант № 39

Демонстрационная версия ЕГЭ—2013 по испанскому языку.

1.

Вы услышите диалог дважды. Определите, является ли следующее утверждение верным, или неверным, или о нем нет информации.

 

 

La habitación no tenía vista al mar.

1) Verdadero
2) Falso
3) No se menciona
2.

Вы услышите диалог дважды. Определите, является ли следующее утверждение верным, или неверным, или о нем нет информации.

 

 

Según el recepcionista la habitación era pequeña.

1) Verdadero
2) Falso
3) No se menciona
3.

Вы услышите диалог дважды. Определите, является ли следующее утверждение верным, или неверным, или о нем нет информации.

 

 

El señor entregó dos pasaportes.

1) Verdadero
2) Falso
3) No se menciona
4.

Вы услышите диалог дважды. Определите, является ли следующее утверждение верным, или неверным, или о нем нет информации.

 

 

El restaurante estaba abierto hasta muy tarde.

1) Verdadero
2) Falso
3) No se menciona
5.

Вы услышите диалог дважды. Определите, является ли следующее утверждение верным, или неверным, или о нем нет информации.

 

 

El restaurante es muy caro.

1) Verdadero
2) Falso
3) No se menciona
6.

Вы услышите диалог дважды. Определите, является ли следующее утверждение верным, или неверным, или о нем нет информации.

 

 

La pacienta declara que últimamente a menudo se siente agotada.

1) Verdadero
2) Falso
3) No se menciona
7.

Вы услышите диалог дважды. Определите, является ли следующее утверждение верным, или неверным, или о нем нет информации.

 

 

El médico tiene muchos pacientes con los mismos síntomas que la señora Acosta.

1) Verdadero
2) Falso
3) No se menciona
8.

Вы услышите диалог дважды. Определите, является ли следующее утверждение верным, или неверным, или о нем нет информации.

 

 

El médico recomienda a la pacienta abstenerse de la comida poco sana.

1) Verdadero
2) Falso
3) No se menciona
9.

Вы услышите диалог дважды. Определите, является ли следующее утверждение верным, или неверным, или о нем нет информации.

 

 

La señora Acosta ha de comprar diez sobres de manzanilla natural para infusión.

1) Verdadero
2) Falso
3) No se menciona
10.

Вы услышите диалог дважды. Определите, является ли следующее утверждение верным, или неверным, или о нем нет информации.

 

 

La clienta prefiere los colores claros porque tiene piel morena.

1) Verdadero
2) Falso
3) No se menciona
11.

Вы услышите репортаж дважды. Выберите правильный ответ 1, 2 или 3.

 

 

Pese a ciertos cambios producidos en la sociedad, muchas mujeres suelen

 

1) rechazar ofertas de trabajo.

2) cobrar el paro.

3) seguir trabajando a tiempo parcial.

12.

Вы услышите репортаж дважды. Выберите правильный ответ 1, 2 или 3.

 

 

Según el reportaje, en comparación con las mujeres, los hombres son

 

1) poco comprometidos con su trabajo.

2) más responsables y cumplidores.

3) muy organizados.

13.

Вы услышите репортаж дважды. Выберите правильный ответ 1, 2 или 3.

 

 

En el mundo laboral las mujeres a menudo se caracterizan por

 

1) la extrema creatividad que suele perjudicar el trabajo en equipo.

2) su despiste y distracción a la hora de establecer contactos comerciales.

3) la falta de capacidad para generalizar ideas y encontrar soluciones extraordinarias.

14.

Вы услышите репортаж дважды. Выберите правильный ответ 1, 2 или 3.

 

 

La popularidad de la comida rápida se debe a

 

1) la buena ubicación de sus establecimientos en las grandes ciudades.

2) numerosas campañas publicitarias que promueven el fast food.

3) las propiedades nutritivas y antioxidantes de sus productos.

15.

Вы услышите репортаж дважды. Выберите правильный ответ 1, 2 или 3.

 

 

Algunas personas prefieren comer en restaurantes “fast food” porque

 

1) la alternativa de comer bien resulta algo más incόmoda y costosa.

2) es la única manera de comer sano, equilibrado y rico en unos minutos.

3) el tamaño de las porciones es mucho más grande que en otros sitios.

16.

Вы услышите репортаж дважды. Выберите правильный ответ 1, 2 или 3.

 

 

Según el reportaje, los hábitos alimentarios, entre otras cosas, dependen de

 

1) los factores familiares y psicológicos.

2) el nivel econόmico.

3) la salud y el estado físico.

17.

Вы услышите репортаж дважды. Выберите правильный ответ 1, 2 или 3.

 

 

Según los datos estadísticos, el volúmen de producción literaria para adolescentes

 

1) ha disminuido a causa de la crisis económica.

2) ha crecido junto con el nivel de ventas.

3) no atiende la demanda de los jóvenes lectores.

18.

Вы услышите репортаж дважды. Выберите правильный ответ 1, 2 или 3.

 

 

El hábito de lectura es una de las características de

 

1) los adolescentes que provienen de familias acomodadas.

2) todos los jóvenes españoles entre 13 y 20 años.

3) los niños de la clase social más baja o media.

19.

Вы услышите репортаж дважды. Выберите правильный ответ 1, 2 или 3.

 

 

Los datos del estudio indican que

 

1) la práctica de leer con los niños ha desaparecido por completo.

2) la predisposición a la lectura depende de los hábitos familiares.

3) el 78,7% de los padres dedica más de tres horas diarias a la lectura.

20.

Lo sucedido es tan increíble que…

 

1) parece ser organizado por alguien.

2) se sienten ridículos.

3) la gente viene tras ellos.

4) deciden dejar el portafolios y la chaqueta.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании отметьте цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

     Mario y Pedro están sin un duro desde hace rato y no es que se quejen demasiado pero bueno, ya es hora de tener un poco de suerte, y de golpe ven el portafolio abandonado y tan sólo mirándose se dicen que quizá el momento haya llegado. Está solito el portafolio sobre la silla arrimada a la mesa y nadie viene a buscarlo. Ha llegado el momento porque el café está animado en la otra punta y aquí vacío y Mario y Pedro saben que si no es ahora es nunca.

     Portafolio bajo el brazo, Mario sale primero y por eso mismo es el primero en ver la chaqueta de hombre abandonada sobre un coche. Una chaqueta espléndida de excelente calidad. También Pedro la ve, a Pedro le tiemblan las piernas por demasiada coincidencia, con lo bien que a él le vendría una chaqueta nueva y además con los bolsillos llenos de billetes. Mario no se anima a agarrarla. Pedro sí aunque con cierto remordimiento que crece al ver acercarse a dos policías.

     Esta no es una tarde gris como cualquiera y pensándolo bien quizá tampoco sea una tarde de suerte como parece. Son las caras sin expresión de un día de semana, tan distintas de las caras sin expresión de los domingos. Pedro y Mario ahora tienen color, tienen máscara y se sienten existir porque en su camino florecieron un portafolio y una chaqueta sport. Como tarde no es una tarde fácil, ésta. Algo se desplaza en el aire con el aullido de las sirenas y ellos empiezan a sentirse señalados. Ven policías por todos los rincones, policías en los vestíbulos sombríos, de a pares en todas las esquinas cubriendo el área ciudadana, policías trepidantes en sus motocicletas circulando a contramano como si la marcha del país dependiera de ellos y quizá dependa, sí, por eso están las cosas como están y Mario no se arriesga a decirlo en voz alta porque el portafolio lo tiene trabado, ni que ocultara un micrófono, pero qué paranoia, si nadie lo obliga a cargarlo.

     Pedro decide ponerse la chaqueta que le queda un poco grande pero no ridícula, nada de eso. Holgada, sí, pero no ridícula; cómoda, abrigada, cariñosa, gastadita en los bordes. Pedro mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y encuentra unos cuantos billetes y monedas. No le puede decir nada a Mario y se da vuelta de golpe para ver si los han estado siguiendo. Quizá hayan caído en algún tipo de trampa indefinible, y Mario debe estar sintiendo algo parecido porque tampoco dice palabra. Parece que nadie los ha seguido, pero vaya uno a saber: gente viene tras ellos y quizá alguno dejó el portafolio y la chaqueta con oscuros designios. Mario se decide por fin y le dice a Pedro en un murmullo: no entremos a casa, sigamos como si nada, quiero ver si nos siguen. Pedro está de acuerdo. Mario rememora con nostalgia los tiempos (una hora atrás) cuando podían hablarse en voz alta y hasta reír. El portafolio se le está haciendo demasiado pesado y de nuevo tiene la sensación de abandonarlo a su suerte. ¿Abandonarlo sin antes haber revisado el contenido? Cobardía pura.

     Siguen caminando sin rumbo fijo para despistar a algún posible aunque improbable perseguidor. No son ya Pedro y Mario los que caminan, son una chaqueta y un portafolio convertidos en personajes.

Luisa Valenzuela, Aquí pasan cosas raras.

21.

El tío Ramón invitó al detective …

 

1) para determinar quién era el ladrón.

2) para que éste vigilara el armario.

3) para que buscara las cosas perdidas.

4) para meter a los niños en la cárcel.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

El tío Ramón tenía un armario grande donde guardaba bajo llave su ropa y sus tesoros: una colección de revistas profesionales, cartones de cigarrillos, cajas de chocolates y licor. Mi hermano Juan descubrió la forma de abrirlo con un alambre enroscado y así nos convertimos en expertos ladrones. Si hubiéramos tomado unos pocos chocolates o cigarrillos, se habría notado, pero sacábamos una capa completa de bombones y volvíamos a cerrar la caja con tal perfección que parecía intacta y sustraíamos los cigarrillos por cartones, nunca por unidades o por cajetillas. El tío Ramón tuvo las primeras sospechas en La Paz. Nos llamó por separado, un niño a la vez, y trató de obtener una confesión o que delatáramos al culpable, pero no le sirvieron palabras dulces ni castigos, admitir el delito nos parecía una estupidez y en nuestro código moral una traición entre hermanos era imperdonable. Un viernes por la tarde, cuando regresamos del colegio, encontramos al tío Ramón y a un hombre desconocido esperándonos en la sala.

– Estoy cansado de la falta de honestidad que reina en esta familia, lo menos que puedo exigir es que no me roben en mi propia casa. Este señor es un detective de la policía. Les tomará las huellas digitales a los tres, las comparará con las marcas que hay en mi armario y así sabremos quién es el ladrón. Ésta es la última oportunidad de confesar la verdad...

Pálidos de terror, mis hermanos y yo bajamos la vista y apretamos los dientes.

– ¿Saben lo que les pasa a los delincuentes? Se pudren en la cárcel -agregó el tío Ramón.

El detective sacó del bolsillo una caja de lata. Al abrirla vimos que contenía una almohadilla impregnada en tinta negra. Lentamente, con gran ceremonia, procedió a mancharnos los dedos uno por uno y registrar nuestras huellas en una cartulina.

– No se preocupe, señor cónsul, el lunes tendrá los resultados de mi investigación -se despidió el hombre.

Sábado y domingo fueron días de sufrimiento fatal para nosotros, escondidos en el baño y en los rincones más privados del jardín contemplábamos en susurros nuestro negro futuro. Ninguno estaba libre de culpa, todos iríamos a parar a una cárcel donde nos alimentarían de agua sucia y mendrugos de pan duro, como al Conde de Montecristo. El lunes siguiente el inefable tío Ramón nos citó en su despacho.

– Ya sé exactamente quién es el bandido -anunció haciendo bailar sus grandes cejas satánicas-. Sin embargo, por respeto a su madre, que ha actuado en su favor, esta vez no lo mandaré preso. El criminal sabe que yo sé quién es. Esto queda entre los dos. Les advierto que en la próxima ocasión no seré tan benevolente ¿me han entendido?

Salimos a tropezones, agradecidos, sin poder creer tanta magnanimidad. No volvimos a robar en mucho tiempo. Hace dos años pensé mejor el asunto y me entró la sospecha de que el supuesto detective fuera un chófer del tío Ramón quien era bien capaz de hacernos esa broma.

22.

La reacción de los padres le pareció muy rara al chico porque…

 

1) cada generación tiene sus aficiones.

2) los padres eran muy nobles.

3) se hizo la paz.

4) le pegaron en vez de felicitarle por su hazaña.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21.

 

Amadís de Gaula

Amadís de Gaula tiene ahora cinco años, se llama Bobby Lemond y vive con sus padres.

Papá Lemond, mamá Lemond y el niño Amadís de Gaula, nacido Bobby Lemond, solían pasar las veladas ante el aparato de televisión, viendo lo que las ondas quisieran traerles y comentando todo: los vestidos de la diva, los bigotes del galán, etc., etc.

Aquel día la familia Lemond estaba asistiendo a una novela emocionante. La verdad es que la novela de aquel día era algo que nada dejaba de desear y los Lemond — papá, mamá, y Amadís de Gaula se sentían felices e interesados, cada uno desde su butaca.

Pero el guionista del programa que ignoraba el caballeresco y sostuvo más tiempo una situación angustiosa para la heroína que iba a caer de un momento a otro en las garras del traidor y ... aquí vino lo malo. Bobby Amadís de Gaula se levantó en silencio, encendió la luz en el despacho de papá, abrió el armero, descolgó un rifle, lo montó y con paso de lobo para que el traidor no se apercibiera, se acercó hasta cuatro pasos de la pantalla, apuntó y ¡zas! le descerrajó un tiro a quemarropa que lo dejó temblando.

Mamá Lemond se cayó de espaldas, papá Lemond se vio atacado de un ataque de ira que tuvo que contener porque el niño no había soltado el rifle y el aparato televisor, hecho astillas, dejó de funcionar.

Cuando la paz se hizo, Amadís de Gaula, el último caballero andante, se acercó a sus padres, a recibir las felicitaciones por su noble comportamiento, pero en vez de felicitaciones, le dieron un par de azotes y le metieron en la cama sin postre.

Es posible que durante muchos años Bobby Lemond, Amadís de Gaula no se explique el raro reaccionar de sus padres que, según todas las apariencias, tomaron el partido del raptor y no el de la muchacha raptada, que hubiera sido más lógico y lo que Bobby Amadís de Gaula esperaba.

Pero sucede que cada generación tiene sus aficiones y hasta sus manías y sus puntos de vista, y los padres de Amadís, según Amadís desprendía de lo que venían haciendo, deseaban más ver al malo y el aparato de televisión en funcionamiento, que a la heroína en la libertad.

¿Por qué — pensaba Amadís en la cama, antes de quedarse dormido — habían hecho así? ¿Es que les era igual? ¿Acaso no veían que la iban a coger? No. Amadís de Gaula, Bobby Lemond, el último caballero andante pensará, que su gesto no fue entendido, porque las gentes, ¡ay! han olvidado los móviles que impulsan a las almas generosas, esos últimos corazones que funcionan alimentados por el fuego sagrado de ilusión. Y lo peor es que Bobby Lemond es posible que tenga razón. Lo que no será nada bueno para todos los demás.

23.

¿Cómo se relacionaban el maestro y el protagonista?

 

1) Estaban dispuestos a matarse uno al otro en cuanto se vieran.

2) Sentían bastante hostilidad que no perdían ocasión de profesar.

3) Se comunicaban como un maestro y un alumno.

4) No soportaban uno al otro y evitaban los encuentros.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

El día de mi dieciséis cumpleaños conjuré la peor de cuantas ocurrencias funestas había alumbrado a lo largo de mi corta existencia. Por mi cuenta y riesgo, había decidido organizar una cena de cumpleaños e invitar a Barceló, a la Bernarda y a Clara. Mi padre opinaba que aquello era un error.

— Es mi cumpleaños — repliqué cruelmente. Trabajo para ti todos los demás días del año. Al menos por una vez, dame el gusto.

— Haz lo que quieras.

Los meses precedentes habían sido los más confusos de mi extraña amistad con Clara. Ya casi nunca leía para ella. Clara rehuía sistemáticamente cualquier ocasión que implicase quedarse a solas conmigo. Siempre que la visitaba, su tío estaba presente fingiendo leer el diario, o la Bernarda se materializaba trajinando por el foro y lanzándome miradas de soslayo. Otras veces, la compañía venía en forma de una o varias de las amigas de Clara. Yo las llamaba las Hermanas Anisete, siempre tocadas de un recato y un semblante virginal, patrullando las proximidades de Clara con un misal en la mano y una mirada policial que mostraba sin tapujos que yo estaba de sobra, que mi presencia avergonzaba a Clara y al mundo. El peor de todos, sin embargo, era el maestro Neri, cuya insausta sinfonía seguía inconclusa. Era un tipo atildado, un niñato de San Gervasio que pese a dárselas de Mozart, a mí, rezumando brillantina, me recordaba más a Carlos Gardel. De genio yo sólo le encontraba la mala baba. Le hacía la rosca a don Gustavo sin dignidad ni decoro, y flirteaba con la Bernarda en la cocina, haciéndola reír con sus ridículos regalos de bolsas de peladillas y pellizcos. Yo, en pocas palabras, le detestaba a muerte. La antipatía era mutua. Neri siempre aparecía por allí con sus partituras y su arrogante ademán, mirándome como si fuese un grumetillo indeseable y poniendo toda clase de reparos a mi presencia.

— Niño, ¿tú no tienes que irte a hacer los deberes?

— ¿Y usted, maestro, no tenía una sinfonía que acabar?

Al final, entre todos podían conmigo y yo me largaba cabizbajo y derrotado, con el alma helada, deseando haber tenido la labia de don Gustavo para poner a aquel engreído en su sitio.

El día de mi cumpleaños el señor Barceló se había tenido que ausentar de la ciudad y Clara se había visto obligada a cambiar la hora de su clase de música con el maestro Neri.

Bajé las escaleras con furia, sintiendo los ojos rebosando lágrimas de ira al salir a la calle bañada de luz azul y de frío. Llevaba el corazón envenenado y la mirada me temblaba. Eché a andar, ignorando al extraño que me observaba inmóvil desde la Puerta del Ángel. Vestía el traje oscuro, su mano derecha enfundada en el bolsillo de la chaqueta. Sus ojos dibujaban briznas de luz a la lumbre de un cigarro. Cojeando levemente, empezó a seguirme.

Anduve callejeando sin rumbo durante más de una hora hasta llegar a los pies del monumento a Colón. Crucé hasta los muelles y me senté en los peldaños que se hundían en las aguas tenebrosas junto al muelle de las golondrinas. Recordé los días en que mi padre y yo hacíamos la travesía en las golondrinas hasta la punta del espigón. Desde allí podía verse la ladera del cementerio en la montaña de Montju'ic y la ciudad de los muertos. A veces yo saludaba con la mano, creyendo que mi madre seguía allí y nos veía pasar. Mi padre repetía mi saludo. Hacía ya años que no embarcábamos en una golondrina, aunque yo sabía que él a veces iba solo.

24.

¿De qué quería hablar la narradora con Ilaria?

 

1) Del encuentro que tendría pronto.

2) De la vida de su hija.

3) De cosas insignificantes.

4) De los amigos de su hija.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

Cuando Ilaria llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «¿Quién te ha invitado? – y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió: Deberías haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen importante». Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: «Paciencia, quiero decir que te esperaré, y después festejaremos juntas el resultado». Poco después se marchó de verdad, con tanta prisa que se dejó sobre la mesa los libros.

Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de censura o inquisición. Sólo había en mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción: la familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. A su manera, aquello era un indicio.

Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con tono más cariñoso posible. «Como siempre –y, tras una pausa, agregó: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.

«¿Hablar? –repitió incrédula. Y, ¿de qué?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar; por lo menos, a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y pequeñoburguesas». Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte». No obedecí: me puse de pie, pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? –le pregunté. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en este estado me hace doler el corazón –añadí. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo». Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi hombro. «Mamá –dijo–, yo ... yo ...»

En ese preciso instante se oyó el teléfono.

–Deja que siga llamando –le susurré al oído. Como conocía su fragilidad, estaba preocupada.

–No puedo –contestó enjugándose las lágrimas.

Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo comprendí que algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo siento, pero realmente ahora debes marcharte».

25.

¿Que resultado tuvieron las palabras de Flora al representante de las autoridades?

 

1) Le hicieron detenerla.

2) Le obligaron a irse humillado.

3) Le provocaron un arrebato.

4) Llegaron a su corazón.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

La autoridad se enojó antes de que Flora hubiera abierto la boca en público. Al día siguiente de su llegada, el comisario de Toulon, un barbudo cincuentón oloroso a lavanda, se presentó en su hotel y la interrogó media hora sobre sus intenciones en la ciudad. Cualquier acto que subvirtiera el orden público sería sancionado con energía, le advirtió. Y, horas después, le llegó una citación del procurador del rey para que compareciera en su despacho.

— Dígale a su jefe que no iré — estalló, indignada —. Si he cometido un delito, que me haga arrestar. Pero, si quiere intimidarme y hacerme perder tiempo, no lo conseguirá.

El ayudante del procurador, un joven de maneras delicadas, la miraba sorprendido e inquieto, como si esta mujer que le levantaba la voz y hacía vibrar un índice amenazador a milímetros de su nariz, pudiera pasar a la agresión física. Así te había mirado, Florita, con la misma estupefacción, el mismo desconcierto y el mismo susto, diez años atrás, en la casona familiar, tu tío don Pío Tristán, días después del primer encuentro, cuando por fin tú y él abordaron el espinoso tema de la herencia. Don Pío, elegante, pequeño, fluido, canoso y endeble caballero de ojos azules, tenía muy bien preparada su argumentación. Luego de un amable preámbulo, abrumándote de latinajos y citas leguleyas te hizo saber que, como hija ilegítima de padres cuya unión carecía, según confesión tuya en carta a el, de toda legalidad comprobable, no podías aspirar a recibir ni un centavo de la herencia de su querido hermano Mariano.

A ti, conocer en persona a este hermano menor de tu padre, cuyos rasgos recordaban tanto los de éste, te emocionó hasta las lágrimas. Te abrazaste a tu tío, temblando; te sentías feliz de recobrar a tu familia paterna, de tener, gracias a ella, un calor y una seguridad que desde tu infancia no habías conocido. ¡Lo decías y lo sentías, Florita! Y el tío Tristán se emocionó también en apariencia, abrazándote y murmurando:

— Dios mío, si eres el vivo retrato de mi hermano, hijita.

Pero, cuando, por fin, Flora le expuso sus anhelos de ser reconocida como hija legítima de don Mariano y de recibir, como tal, del legado de su abuela y de su padre, una renta de cinco mil francos, don Pío se transformó en un ser glacial, jurídico, en portavoz inflexible de la norma legal: las leyes debían prevalecer sobre los sentimientos; si no, no habría civilización. Según la ley, a Florita no le correspondía nada; si no le creía, que lo consultara con abogados. Don Pío lo había hecho ya y sabía de qué hablaba.

Entonces, Flora estalló en uno de esos arrebatos como el que, en Toulon, acababa de hacer partir, pálido, casi huyendo, al joven ayudante del procurador del rey. ingrato, innoble, avaro, ¿así pagaba los desvelos de don Mariano, que lo cuidó, protegió y educó allá en Francia? ¿Abusando de su hija desvalida, desconociéndole sus derechos, condenándola a la miseria, siendo él un hombre riquísimo? Flora levantó tanto la voz que don Pío, blanco como el papel, se dejó caer sobre un sillón. Parecía anulado y mínimo en esa sala de paredes guarnecidas de retratos de sus antepasados, altos funcionarios y validos de la administración colonial. Más tarde, le confesó a Flora que, en sus sesenta y cuatro años de vida, era la primera vez que había visto a una mujer insubordinarse de ese modo y faltar así el respeto a un páter familias.

26.

¿Qué les fascinaba a los chavales en el Ruso?

 

1) Sus constantes aventuras y hazañas.

2) Su misterio y la supuesta vida que llevaba.

3) Sus viajes a distintos países de Europa.

4) Sus relatos sobre los acontecimientos pasados.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

Por otro lado, у siempre en el centro de una nube de silencio había un hombre, guapo y huraño, de quien apenas podíamos decir dos palabras a ciencia cierta. Solíamos verlo en El Maño, una bodeguilla de la calle General Varela. Andaba siempre solo, sin afeitar, hacía girar su vaso apoyado en la barra; encendía cigarrillos sin filtro mirando despacio todo lo que había a su alrededor, barriles, calendarios, etiquetas de botellas, cada día lo mismo, como si no lo supiese todo de memoria.

Empezamos a llamarlo entre nosotros El Ruso porque tenía cara de refugiado, de haber llegado huyendo de algún confín remoto, con visados falsos y podrido de recuerdos. Su gabardina tenía enganchones y puntos corridos que remitían a alambradas en la nieve, a fronteras de bruma entre países imposibles, perdidos en el frío de las estepas del Este.

Cuántas de esas tardes de nada que hacer llegamos a evocarlo sumergido en un pantano para hacer perder su rastro a los perros adiestrados, o encogido entre la maleza, inmóvil como una piedra, mientras soldados con abrigos largos y gorros de piel hacían girar un foco en su búsqueda desde lo alto de una desvencijada torreta de madera. En decenas de películas creíamos haber visto las estaciones de ferrocarril donde él logró burlar las vigilancias, los escondrijos donde guardaba enterradas joyas y pistolas. Lo imaginábamos subiendo y bajando de trenes en marcha, vadeando los ríos, haciéndose pasar por alemán, dejando embarazadas a las granjeras polacas en cuyos palomares pasaba escondido las noches de tormenta.

Desde su llegada al barrio había un aliciente más para recorrer esas cuatro calles en las que crecimos, doblar una esquina y encontrarlo, poderlo seguir durante unas cuantas manzanas hasta verlo alejarse en un autobús o bajar a deshora las escaleras de una whiskería.

Ninguno de nosotros se atrevió nunca a dirigirle la palabra, pero de alguna manera él representaba la posibilidad de una vida distinta y auténtica, él era los mares y la niebla, era a un tiempo Dresden y el puerto de Marsella, Europa entera bajo la lluvia, era un pasaporte manoseado y un revólver a punto en el cajón de la mesilla. Todo lo que nosotros podríamos llegar a ser con un poco de suerte, a pesar de que todo, absolutamente todo a nuestro alrededor, nos lo estuviera negando a cada instante: aquellos otoños de academias mal iluminadas, los boletines de notas, el aburrimiento, la cena en casa a las diez en punto. El Ruso únicamente necesitaba pasar de largo con las manos en los bolsillos para remover todo eso y hacer estallar en nuestra cabeza los sueños más locos y veloces. Casi me parecía verle, sonriente, seguro de sí, prometiendo un futuro tan amplio y luminoso como aquellas avenidas anchas del centro. No necesitábamos hablar con él, su sombra era bastante.

El epílogo de la historia no mejoraba las expectativas. A media mañana un furgón gris se había llevado al Ruso y tuvimos que hacernos a la idea de que nuestro misterioso espía, cuya sola silueta entre los árboles nos hablaba a diario de la posibilidad de vivir, no pasaba de ser un esquizofrénico de mente insondable que deambuló por hospitales hasta llegar aquí, tirando a base de drogas y subsidios. Su gabardina no conoció las lluvias de Chicago, sino los almacenes de ropa usada; no había documentos falsificados bajo su colchón, en todo caso una triste petaca de ginebra.

27.

¿Con qué sentimientos abandonaba el protagonista la casa de Clara?

 

1) Cólera e indignación.

2) Sumisión y humildad.

3) Cansancio y fatiga.

4) Frustración y fracaso.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

El día de mi dieciséis cumpleaños conjuré la peor de cuantas ocurrencias funestas había alumbrado a lo largo de mi corta existencia. Por mi cuenta y riesgo, había decidido organizar una cena de cumpleaños e invitar a Barceló, a la Bernarda y a Clara. Mi padre opinaba que aquello era un error.

— Es mi cumpleaños — repliqué cruelmente. Trabajo para ti todos los demás días del año. Al menos por una vez, dame el gusto.

— Haz lo que quieras.

Los meses precedentes habían sido los más confusos de mi extraña amistad con Clara. Ya casi nunca leía para ella. Clara rehuía sistemáticamente cualquier ocasión que implicase quedarse a solas conmigo. Siempre que la visitaba, su tío estaba presente fingiendo leer el diario, o la Bernarda se materializaba trajinando por el foro y lanzándome miradas de soslayo. Otras veces, la compañía venía en forma de una o varias de las amigas de Clara. Yo las llamaba las Hermanas Anisete, siempre tocadas de un recato y un semblante virginal, patrullando las proximidades de Clara con un misal en la mano y una mirada policial que mostraba sin tapujos que yo estaba de sobra, que mi presencia avergonzaba a Clara y al mundo. El peor de todos, sin embargo, era el maestro Neri, cuya insausta sinfonía seguía inconclusa. Era un tipo atildado, un niñato de San Gervasio que pese a dárselas de Mozart, a mí, rezumando brillantina, me recordaba más a Carlos Gardel. De genio yo sólo le encontraba la mala baba. Le hacía la rosca a don Gustavo sin dignidad ni decoro, y flirteaba con la Bernarda en la cocina, haciéndola reír con sus ridículos regalos de bolsas de peladillas y pellizcos. Yo, en pocas palabras, le detestaba a muerte. La antipatía era mutua. Neri siempre aparecía por allí con sus partituras y su arrogante ademán, mirándome como si fuese un grumetillo indeseable y poniendo toda clase de reparos a mi presencia.

— Niño, ¿tú no tienes que irte a hacer los deberes?

— ¿Y usted, maestro, no tenía una sinfonía que acabar?

Al final, entre todos podían conmigo y yo me largaba cabizbajo y derrotado, con el alma helada, deseando haber tenido la labia de don Gustavo para poner a aquel engreído en su sitio.

El día de mi cumpleaños el señor Barceló se había tenido que ausentar de la ciudad y Clara se había visto obligada a cambiar la hora de su clase de música con el maestro Neri.

Bajé las escaleras con furia, sintiendo los ojos rebosando lágrimas de ira al salir a la calle bañada de luz azul y de frío. Llevaba el corazón envenenado y la mirada me temblaba. Eché a andar, ignorando al extraño que me observaba inmóvil desde la Puerta del Ángel. Vestía el traje oscuro, su mano derecha enfundada en el bolsillo de la chaqueta. Sus ojos dibujaban briznas de luz a la lumbre de un cigarro. Cojeando levemente, empezó a seguirme.

Anduve callejeando sin rumbo durante más de una hora hasta llegar a los pies del monumento a Colón. Crucé hasta los muelles y me senté en los peldaños que se hundían en las aguas tenebrosas junto al muelle de las golondrinas. Recordé los días en que mi padre y yo hacíamos la travesía en las golondrinas hasta la punta del espigón. Desde allí podía verse la ladera del cementerio en la montaña de Montju'ic y la ciudad de los muertos. A veces yo saludaba con la mano, creyendo que mi madre seguía allí y nos veía pasar. Mi padre repetía mi saludo. Hacía ya años que no embarcábamos en una golondrina, aunque yo sabía que él a veces iba solo.

28.

¿Quién era el culpable?

 

1) Ninguno.

2) El hermano Juan.

3) El chófer.

4) Los tres chicos.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

El tío Ramón tenía un armario grande donde guardaba bajo llave su ropa y sus tesoros: una colección de revistas profesionales, cartones de cigarrillos, cajas de chocolates y licor. Mi hermano Juan descubrió la forma de abrirlo con un alambre enroscado y así nos convertimos en expertos ladrones. Si hubiéramos tomado unos pocos chocolates o cigarrillos, se habría notado, pero sacábamos una capa completa de bombones y volvíamos a cerrar la caja con tal perfección que parecía intacta y sustraíamos los cigarrillos por cartones, nunca por unidades o por cajetillas. El tío Ramón tuvo las primeras sospechas en La Paz. Nos llamó por separado, un niño a la vez, y trató de obtener una confesión o que delatáramos al culpable, pero no le sirvieron palabras dulces ni castigos, admitir el delito nos parecía una estupidez y en nuestro código moral una traición entre hermanos era imperdonable. Un viernes por la tarde, cuando regresamos del colegio, encontramos al tío Ramón y a un hombre desconocido esperándonos en la sala.

– Estoy cansado de la falta de honestidad que reina en esta familia, lo menos que puedo exigir es que no me roben en mi propia casa. Este señor es un detective de la policía. Les tomará las huellas digitales a los tres, las comparará con las marcas que hay en mi armario y así sabremos quién es el ladrón. Ésta es la última oportunidad de confesar la verdad...

Pálidos de terror, mis hermanos y yo bajamos la vista y apretamos los dientes.

– ¿Saben lo que les pasa a los delincuentes? Se pudren en la cárcel -agregó el tío Ramón.

El detective sacó del bolsillo una caja de lata. Al abrirla vimos que contenía una almohadilla impregnada en tinta negra. Lentamente, con gran ceremonia, procedió a mancharnos los dedos uno por uno y registrar nuestras huellas en una cartulina.

– No se preocupe, señor cónsul, el lunes tendrá los resultados de mi investigación -se despidió el hombre.

Sábado y domingo fueron días de sufrimiento fatal para nosotros, escondidos en el baño y en los rincones más privados del jardín contemplábamos en susurros nuestro negro futuro. Ninguno estaba libre de culpa, todos iríamos a parar a una cárcel donde nos alimentarían de agua sucia y mendrugos de pan duro, como al Conde de Montecristo. El lunes siguiente el inefable tío Ramón nos citó en su despacho.

– Ya sé exactamente quién es el bandido -anunció haciendo bailar sus grandes cejas satánicas-. Sin embargo, por respeto a su madre, que ha actuado en su favor, esta vez no lo mandaré preso. El criminal sabe que yo sé quién es. Esto queda entre los dos. Les advierto que en la próxima ocasión no seré tan benevolente ¿me han entendido?

Salimos a tropezones, agradecidos, sin poder creer tanta magnanimidad. No volvimos a robar en mucho tiempo. Hace dos años pensé mejor el asunto y me entró la sospecha de que el supuesto detective fuera un chófer del tío Ramón quien era bien capaz de hacernos esa broma.

29.

A Mario le gustaría volver el tiempo atrás porque…

 

1) les perseguía la policía.

2) la marcha del país dependía de ellos.

3) tenía la tentación de apoderarse del portafolio.

4) antes se habían sentido más felices.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании отметьте цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

     Mario y Pedro están sin un duro desde hace rato y no es que se quejen demasiado pero bueno, ya es hora de tener un poco de suerte, y de golpe ven el portafolio abandonado y tan sólo mirándose se dicen que quizá el momento haya llegado. Está solito el portafolio sobre la silla arrimada a la mesa y nadie viene a buscarlo. Ha llegado el momento porque el café está animado en la otra punta y aquí vacío y Mario y Pedro saben que si no es ahora es nunca.

     Portafolio bajo el brazo, Mario sale primero y por eso mismo es el primero en ver la chaqueta de hombre abandonada sobre un coche. Una chaqueta espléndida de excelente calidad. También Pedro la ve, a Pedro le tiemblan las piernas por demasiada coincidencia, con lo bien que a él le vendría una chaqueta nueva y además con los bolsillos llenos de billetes. Mario no se anima a agarrarla. Pedro sí aunque con cierto remordimiento que crece al ver acercarse a dos policías.

     Esta no es una tarde gris como cualquiera y pensándolo bien quizá tampoco sea una tarde de suerte como parece. Son las caras sin expresión de un día de semana, tan distintas de las caras sin expresión de los domingos. Pedro y Mario ahora tienen color, tienen máscara y se sienten existir porque en su camino florecieron un portafolio y una chaqueta sport. Como tarde no es una tarde fácil, ésta. Algo se desplaza en el aire con el aullido de las sirenas y ellos empiezan a sentirse señalados. Ven policías por todos los rincones, policías en los vestíbulos sombríos, de a pares en todas las esquinas cubriendo el área ciudadana, policías trepidantes en sus motocicletas circulando a contramano como si la marcha del país dependiera de ellos y quizá dependa, sí, por eso están las cosas como están y Mario no se arriesga a decirlo en voz alta porque el portafolio lo tiene trabado, ni que ocultara un micrófono, pero qué paranoia, si nadie lo obliga a cargarlo.

     Pedro decide ponerse la chaqueta que le queda un poco grande pero no ridícula, nada de eso. Holgada, sí, pero no ridícula; cómoda, abrigada, cariñosa, gastadita en los bordes. Pedro mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y encuentra unos cuantos billetes y monedas. No le puede decir nada a Mario y se da vuelta de golpe para ver si los han estado siguiendo. Quizá hayan caído en algún tipo de trampa indefinible, y Mario debe estar sintiendo algo parecido porque tampoco dice palabra. Parece que nadie los ha seguido, pero vaya uno a saber: gente viene tras ellos y quizá alguno dejó el portafolio y la chaqueta con oscuros designios. Mario se decide por fin y le dice a Pedro en un murmullo: no entremos a casa, sigamos como si nada, quiero ver si nos siguen. Pedro está de acuerdo. Mario rememora con nostalgia los tiempos (una hora atrás) cuando podían hablarse en voz alta y hasta reír. El portafolio se le está haciendo demasiado pesado y de nuevo tiene la sensación de abandonarlo a su suerte. ¿Abandonarlo sin antes haber revisado el contenido? Cobardía pura.

     Siguen caminando sin rumbo fijo para despistar a algún posible aunque improbable perseguidor. No son ya Pedro y Mario los que caminan, son una chaqueta y un portafolio convertidos en personajes.

Luisa Valenzuela, Aquí pasan cosas raras.

30.

¿Cómo son los venezolanos?

 

1) Sus modales se parecen mucho a los de los chilenos.

2) Les gusta tomar el pelo a los extranjeros.

3) Muy seguros de sí mismos.

4) Muy tímidos y como si pidieran perdón.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una transmisión de radio en onda corta.

Nada importaba, porque tampoco había interés por averiguar qué pensaban los demás, sólo en repetir el propio cuento.

En la vejez mi abuelo se negó a ponerse un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su mucha edad era no tener que escuchar las tonterías que dice la gente sin cesar. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo.

Hay casos en que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monólogo, porque un diálogo es una simple conversación entre dos personas». Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con la opinión de ese famoso militar.

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham, una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro ¨Diario de mi residencia en Chile¨ que la gente era encantadora, pero tenía un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. En general, la famosa viajera se quedó muy contenta al contemplar los paisajes preciosos de Chile.

Al hablar nos tragamos la mitad de las palabras, aspiramos la «s» y cambiamos las vocales, de manera que «¿cómo estás, pues?» se convierte en «com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en los medios de comunicación y entre la gente educada, en asuntos oficiales y que hablan algunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el coloquial, que usa el pueblo, y el dialecto indescifrable y siempre cambiante de los jóvenes.

El extranjero de visita no debe desesperar, porque aunque no entienda ni una palabra, verá que la gente se desvive por ayudarlo. Además hablamos bajito y suspiramos mucho. Cuando vivía en Venezuela, donde hombres y mujeres son muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil distinguir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran espías de incógnito y su invariable tono de pedir disculpas.

En aquel período de mi vida antes de ir a mi trabajo pasaba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi primera taza de café de la mañana, donde siempre había una apurada multitud de clientes luchando por acercarse

al mesón. Los venezolanos gritaban desde la puerta «¡Un marroncito, vale!» y más temprano que tarde el vaso de papel con el café con leche les llegaba, pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época éramos muchos, porque Venezuela fue de los pocos países latinoamericanos que gracias al gobierno recibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por favorcito, ¿me da un cafecito, señor?». Podíamos esperar en vano la mañana entera.

Los venezolanos se burlaban de nuestros modales de mequetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba a fondo la rudeza de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambió el carácter y, entre otras cosas, aprendimos, claro que sí, a pedir el café a gritos, dejamos de suspirar y supimos pisar el terreno venezolano como los demás. Lo único que nos hacía sufrir era la nostalgia.

31.

Los padres de Bobby no aprobaron su acto ya que…

 

1) tomaron el partido del raptor.

2) no logró poner en libertad a la heroína.

3) les era igual.

4) destruyó el televisor.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21.

 

Amadís de Gaula

Amadís de Gaula tiene ahora cinco años, se llama Bobby Lemond y vive con sus padres.

Papá Lemond, mamá Lemond y el niño Amadís de Gaula, nacido Bobby Lemond, solían pasar las veladas ante el aparato de televisión, viendo lo que las ondas quisieran traerles y comentando todo: los vestidos de la diva, los bigotes del galán, etc., etc.

Aquel día la familia Lemond estaba asistiendo a una novela emocionante. La verdad es que la novela de aquel día era algo que nada dejaba de desear y los Lemond — papá, mamá, y Amadís de Gaula se sentían felices e interesados, cada uno desde su butaca.

Pero el guionista del programa que ignoraba el caballeresco y sostuvo más tiempo una situación angustiosa para la heroína que iba a caer de un momento a otro en las garras del traidor y ... aquí vino lo malo. Bobby Amadís de Gaula se levantó en silencio, encendió la luz en el despacho de papá, abrió el armero, descolgó un rifle, lo montó y con paso de lobo para que el traidor no se apercibiera, se acercó hasta cuatro pasos de la pantalla, apuntó y ¡zas! le descerrajó un tiro a quemarropa que lo dejó temblando.

Mamá Lemond se cayó de espaldas, papá Lemond se vio atacado de un ataque de ira que tuvo que contener porque el niño no había soltado el rifle y el aparato televisor, hecho astillas, dejó de funcionar.

Cuando la paz se hizo, Amadís de Gaula, el último caballero andante, se acercó a sus padres, a recibir las felicitaciones por su noble comportamiento, pero en vez de felicitaciones, le dieron un par de azotes y le metieron en la cama sin postre.

Es posible que durante muchos años Bobby Lemond, Amadís de Gaula no se explique el raro reaccionar de sus padres que, según todas las apariencias, tomaron el partido del raptor y no el de la muchacha raptada, que hubiera sido más lógico y lo que Bobby Amadís de Gaula esperaba.

Pero sucede que cada generación tiene sus aficiones y hasta sus manías y sus puntos de vista, y los padres de Amadís, según Amadís desprendía de lo que venían haciendo, deseaban más ver al malo y el aparato de televisión en funcionamiento, que a la heroína en la libertad.

¿Por qué — pensaba Amadís en la cama, antes de quedarse dormido — habían hecho así? ¿Es que les era igual? ¿Acaso no veían que la iban a coger? No. Amadís de Gaula, Bobby Lemond, el último caballero andante pensará, que su gesto no fue entendido, porque las gentes, ¡ay! han olvidado los móviles que impulsan a las almas generosas, esos últimos corazones que funcionan alimentados por el fuego sagrado de ilusión. Y lo peor es que Bobby Lemond es posible que tenga razón. Lo que no será nada bueno para todos los demás.

32.

¿Quiénes eran las personas que estaban dentro de la casa?

 

1) Los subversivos.

2) Los editores de libros.

3) Los bibliófilos.

4) Los coleccionistas de objetos antiguos.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

Aquel año, el otoño cubrió Barcelona con un manto de hojarasca que revoloteaba en las calles como piel de serpiente. Las calles aún languidecían entre neblinas y serenos cuando salimos al portal. Las farolas de las Ramblas dibujaban una avenida de vapor, parpadeando al tiempo que la ciudad se desperezaba y se desprendía de su disfraz de acuarela. Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventuramos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas. La claridad del amanecer se filtraba desde balcones y cornisas en soplos de luz sesgada que no llegaban a rozar el suelo. Finalmente, mi padre se detuvo frente a un portón de madera labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad. Frente a nosotros se alzaba lo que me pareció el cadáver abandonado de un palacio, o un museo de ecos y sombras.

Un hombrecillo con rasgos de ave rapaz y cabellera plateada nos abrió la puerta. Su mirada aguileña se posó en mí, impenetrable.

— Buenos días, Isaac. Éste es mi hijo Daniel —anunció mi padre—. Pronto cumplirá once años, y algún día él se hará cargo de la tienda. Ya tiene edad de conocer este lugar.

El tal Isaac nos invitó a pasar con un leve asentimiento. Una penumbra azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de una escalinata de mármol y una galería de frescos poblados con figuras de ángeles y criaturas fabulosas. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de tímeles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto.

Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de viejo. A mis ojos de diez años, aquellos individuos aparecían como una cofradía sécreta de alquimistas conspirando a espaldas del mundo. Mi padre se arrodilló junto a mí y, sosteniéndome la mirada, me habló con esa voz leve de las promesas y las confidencias.

— Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quienes lo crearon. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí.

Nuestras miradas se encontraron brevemente. No supe qué contestar. Mi padre entornó la mirada, como si buscase algo en el aire. Miradas o silencios, o quizá a mi madre para que corroborase sus palabras.

33.

Entre las esferas donde hay mayor oferta de trabajo figuran…

 

1) economía, derecho y empresariales.

2) ciencia e ingeniería.

3) química y seguridad social.

4) telecomunicaciones, fontanería y hostelería.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании укажите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

En los últimos años, en España, el número de universitarios ha aumentado de forma evidente. La elevada tasa de desempleo que padecemos ha hecho que nuestros adolescentes, al terminar sus estudios secundarios y descubrir lo difícil que es conseguir un trabajo en nuestro país, se inscriban masivamente en las universidades, muchas veces sin demasiada convicción, llenando las aulas y soñando con ser algún día célebres abogados, expertos economistas, científicos de renombre o ingenieros cualificados.

El resultado de todo ello es que, en la mayoría de los casos y para la mayor parte de las titulaciones, la demanda de empleo supera con creces la oferta, y que, para colmo de males, estos titulados, incapaces, por falta de trabajo, de poder llevar a la práctica todo lo aprendido en sus carreras, empiezan, poco a poco, a despertar a la realidad y a darse cuenta de que tienen que "bajar el listón" de sus pretensiones laborales.

Así, podemos ver a químicos barriendo las calles y los parques de nuestras ciudades, a juristas desempleados tratando de vendernos un seguro de vida en el umbral de la puerta de nuestra casa, y a antiguos estudiantes de Magisterio pasando por un lector electrónico el código de barras de los productos que componen nuestra cesta de la compra en un supermercado. Y, por si eso fuera poco, suele darse el caso de que los empresarios de este país, quizá con buen criterio, prefieren para este tipo de tareas a personas que no tengan estudios superiores, para evitar la posible insatisfacción que podría surgir en individuos cualificados cuando llevan a cabo trabajos tan rutinarios y repetitivos.

Pero no todo está perdido para nuestros jóvenes, pues se observa el incremento de la oferta de los llamados módulos de Formación Profesional, cursos especializados y enfocados a formar a los estudiantes, desde un punto de vista especialmente práctico, en las áreas de informática y telecomunicaciones, electrónica, fontanería, carpintería, jardinería, hostelería y una abundancia de profesiones más, para conseguir una integración más rápida de sus alumnos en el complejo mundo laboral.

34.

¿Cómo solían pasar las reuniones en nuestra casa?

 

1) En permanentes discusiones.

2) Lo más importante era repetir su propio cuento.

3) El participante prestaba mucho interés a la opinión del otro.

4) Escuchando todos juntos las transmisiones de radio.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

En nuestra casa, como en el resto del país, no se dialogaba; las reuniones consistían en una serie de monólogos simultáneos, sin que nadie escuchara a nadie, puro barullo y estática, como una transmisión de radio en onda corta.

Nada importaba, porque tampoco había interés por averiguar qué pensaban los demás, sólo en repetir el propio cuento.

En la vejez mi abuelo se negó a ponerse un aparato auditivo, porque consideraba que lo único bueno de su mucha edad era no tener que escuchar las tonterías que dice la gente sin cesar. Tal como expresó elocuentemente el general César Mendoza en 1983: «Estamos abusando de la expresión diálogo.

Hay casos en que no es necesario el diálogo. Es más necesario un monólogo, porque un diálogo es una simple conversación entre dos personas». Mi familia habría estado plenamente de acuerdo con la opinión de ese famoso militar.

Los chilenos tenemos tendencia a hablar en falsete. Mary Graham, una inglesa que visitó el país en 1822, comentó en su libro ¨Diario de mi residencia en Chile¨ que la gente era encantadora, pero tenía un tono desagradable de voz, sobre todo las mujeres. En general, la famosa viajera se quedó muy contenta al contemplar los paisajes preciosos de Chile.

Al hablar nos tragamos la mitad de las palabras, aspiramos la «s» y cambiamos las vocales, de manera que «¿cómo estás, pues?» se convierte en «com tai puh» y la palabra «señor» puede ser «iñol».

Existen al menos tres idiomas oficiales: el educado, que se usa en los medios de comunicación y entre la gente educada, en asuntos oficiales y que hablan algunos miembros de la clase alta cuando no están en confianza; el coloquial, que usa el pueblo, y el dialecto indescifrable y siempre cambiante de los jóvenes.

El extranjero de visita no debe desesperar, porque aunque no entienda ni una palabra, verá que la gente se desvive por ayudarlo. Además hablamos bajito y suspiramos mucho. Cuando vivía en Venezuela, donde hombres y mujeres son muy seguros de sí mismos y del terreno que pisan, era fácil distinguir a mis compatriotas por su manera de caminar como si fueran espías de incógnito y su invariable tono de pedir disculpas.

En aquel período de mi vida antes de ir a mi trabajo pasaba a diario a la panadería de unos portugueses a tomar mi primera taza de café de la mañana, donde siempre había una apurada multitud de clientes luchando por acercarse

al mesón. Los venezolanos gritaban desde la puerta «¡Un marroncito, vale!» y más temprano que tarde el vaso de papel con el café con leche les llegaba, pasando de mano en mano. Los chilenos, que en aquella época éramos muchos, porque Venezuela fue de los pocos países latinoamericanos que gracias al gobierno recibían refugiados e inmigrantes, levantábamos un tembloroso dedo índice y suplicábamos con un hilo de voz: «Por favorcito, ¿me da un cafecito, señor?». Podíamos esperar en vano la mañana entera.

Los venezolanos se burlaban de nuestros modales de mequetrefe, y a su vez a los chilenos nos espantaba a fondo la rudeza de ellos. A quienes vivimos en ese país por varios años nos cambió el carácter y, entre otras cosas, aprendimos, claro que sí, a pedir el café a gritos, dejamos de suspirar y supimos pisar el terreno venezolano como los demás. Lo único que nos hacía sufrir era la nostalgia.

35.

Al chico le conmovió el episodio en que…

 

1) el guionista manifestaba el caballeresco.

2) el tiempo iba corriendo.

3) la vida de la protagonista se encontraba en una situación peligrosa.

4) se encendió la luz.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21.

 

Amadís de Gaula

Amadís de Gaula tiene ahora cinco años, se llama Bobby Lemond y vive con sus padres.

Papá Lemond, mamá Lemond y el niño Amadís de Gaula, nacido Bobby Lemond, solían pasar las veladas ante el aparato de televisión, viendo lo que las ondas quisieran traerles y comentando todo: los vestidos de la diva, los bigotes del galán, etc., etc.

Aquel día la familia Lemond estaba asistiendo a una novela emocionante. La verdad es que la novela de aquel día era algo que nada dejaba de desear y los Lemond — papá, mamá, y Amadís de Gaula se sentían felices e interesados, cada uno desde su butaca.

Pero el guionista del programa que ignoraba el caballeresco y sostuvo más tiempo una situación angustiosa para la heroína que iba a caer de un momento a otro en las garras del traidor y ... aquí vino lo malo. Bobby Amadís de Gaula se levantó en silencio, encendió la luz en el despacho de papá, abrió el armero, descolgó un rifle, lo montó y con paso de lobo para que el traidor no se apercibiera, se acercó hasta cuatro pasos de la pantalla, apuntó y ¡zas! le descerrajó un tiro a quemarropa que lo dejó temblando.

Mamá Lemond se cayó de espaldas, papá Lemond se vio atacado de un ataque de ira que tuvo que contener porque el niño no había soltado el rifle y el aparato televisor, hecho astillas, dejó de funcionar.

Cuando la paz se hizo, Amadís de Gaula, el último caballero andante, se acercó a sus padres, a recibir las felicitaciones por su noble comportamiento, pero en vez de felicitaciones, le dieron un par de azotes y le metieron en la cama sin postre.

Es posible que durante muchos años Bobby Lemond, Amadís de Gaula no se explique el raro reaccionar de sus padres que, según todas las apariencias, tomaron el partido del raptor y no el de la muchacha raptada, que hubiera sido más lógico y lo que Bobby Amadís de Gaula esperaba.

Pero sucede que cada generación tiene sus aficiones y hasta sus manías y sus puntos de vista, y los padres de Amadís, según Amadís desprendía de lo que venían haciendo, deseaban más ver al malo y el aparato de televisión en funcionamiento, que a la heroína en la libertad.

¿Por qué — pensaba Amadís en la cama, antes de quedarse dormido — habían hecho así? ¿Es que les era igual? ¿Acaso no veían que la iban a coger? No. Amadís de Gaula, Bobby Lemond, el último caballero andante pensará, que su gesto no fue entendido, porque las gentes, ¡ay! han olvidado los móviles que impulsan a las almas generosas, esos últimos corazones que funcionan alimentados por el fuego sagrado de ilusión. Y lo peor es que Bobby Lemond es posible que tenga razón. Lo que no será nada bueno para todos los demás.

36.

¿Qué se sabía en el barrio sobre el hombre de El Maño?

 

1) Nada, porque era un científico bastante reservado e impresentable.

2) Solo lo que decía a la poca gente con que hablaba.

3) Algunas cosas eran conocidas entre la gente, pero no muchas.

4) Se sabía bastante porque le gustaba frecuentar los bares.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

Por otro lado, у siempre en el centro de una nube de silencio había un hombre, guapo y huraño, de quien apenas podíamos decir dos palabras a ciencia cierta. Solíamos verlo en El Maño, una bodeguilla de la calle General Varela. Andaba siempre solo, sin afeitar, hacía girar su vaso apoyado en la barra; encendía cigarrillos sin filtro mirando despacio todo lo que había a su alrededor, barriles, calendarios, etiquetas de botellas, cada día lo mismo, como si no lo supiese todo de memoria.

Empezamos a llamarlo entre nosotros El Ruso porque tenía cara de refugiado, de haber llegado huyendo de algún confín remoto, con visados falsos y podrido de recuerdos. Su gabardina tenía enganchones y puntos corridos que remitían a alambradas en la nieve, a fronteras de bruma entre países imposibles, perdidos en el frío de las estepas del Este.

Cuántas de esas tardes de nada que hacer llegamos a evocarlo sumergido en un pantano para hacer perder su rastro a los perros adiestrados, o encogido entre la maleza, inmóvil como una piedra, mientras soldados con abrigos largos y gorros de piel hacían girar un foco en su búsqueda desde lo alto de una desvencijada torreta de madera. En decenas de películas creíamos haber visto las estaciones de ferrocarril donde él logró burlar las vigilancias, los escondrijos donde guardaba enterradas joyas y pistolas. Lo imaginábamos subiendo y bajando de trenes en marcha, vadeando los ríos, haciéndose pasar por alemán, dejando embarazadas a las granjeras polacas en cuyos palomares pasaba escondido las noches de tormenta.

Desde su llegada al barrio había un aliciente más para recorrer esas cuatro calles en las que crecimos, doblar una esquina y encontrarlo, poderlo seguir durante unas cuantas manzanas hasta verlo alejarse en un autobús o bajar a deshora las escaleras de una whiskería.

Ninguno de nosotros se atrevió nunca a dirigirle la palabra, pero de alguna manera él representaba la posibilidad de una vida distinta y auténtica, él era los mares y la niebla, era a un tiempo Dresden y el puerto de Marsella, Europa entera bajo la lluvia, era un pasaporte manoseado y un revólver a punto en el cajón de la mesilla. Todo lo que nosotros podríamos llegar a ser con un poco de suerte, a pesar de que todo, absolutamente todo a nuestro alrededor, nos lo estuviera negando a cada instante: aquellos otoños de academias mal iluminadas, los boletines de notas, el aburrimiento, la cena en casa a las diez en punto. El Ruso únicamente necesitaba pasar de largo con las manos en los bolsillos para remover todo eso y hacer estallar en nuestra cabeza los sueños más locos y veloces. Casi me parecía verle, sonriente, seguro de sí, prometiendo un futuro tan amplio y luminoso como aquellas avenidas anchas del centro. No necesitábamos hablar con él, su sombra era bastante.

El epílogo de la historia no mejoraba las expectativas. A media mañana un furgón gris se había llevado al Ruso y tuvimos que hacernos a la idea de que nuestro misterioso espía, cuya sola silueta entre los árboles nos hablaba a diario de la posibilidad de vivir, no pasaba de ser un esquizofrénico de mente insondable que deambuló por hospitales hasta llegar aquí, tirando a base de drogas y subsidios. Su gabardina no conoció las lluvias de Chicago, sino los almacenes de ropa usada; no había documentos falsificados bajo su colchón, en todo caso una triste petaca de ginebra.

37.

¿Por qué el tío Ramón no se cuenta de los robos desde principio?

 

1) El tío Ramón estaba ocupado.

2) Los chicos llevaban pocas cosas a la vez.

3) Los chicos cerraban bien la caja.

4) El tío Ramón no pensaba que pudieran hacerlo.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

El tío Ramón tenía un armario grande donde guardaba bajo llave su ropa y sus tesoros: una colección de revistas profesionales, cartones de cigarrillos, cajas de chocolates y licor. Mi hermano Juan descubrió la forma de abrirlo con un alambre enroscado y así nos convertimos en expertos ladrones. Si hubiéramos tomado unos pocos chocolates o cigarrillos, se habría notado, pero sacábamos una capa completa de bombones y volvíamos a cerrar la caja con tal perfección que parecía intacta y sustraíamos los cigarrillos por cartones, nunca por unidades o por cajetillas. El tío Ramón tuvo las primeras sospechas en La Paz. Nos llamó por separado, un niño a la vez, y trató de obtener una confesión o que delatáramos al culpable, pero no le sirvieron palabras dulces ni castigos, admitir el delito nos parecía una estupidez y en nuestro código moral una traición entre hermanos era imperdonable. Un viernes por la tarde, cuando regresamos del colegio, encontramos al tío Ramón y a un hombre desconocido esperándonos en la sala.

– Estoy cansado de la falta de honestidad que reina en esta familia, lo menos que puedo exigir es que no me roben en mi propia casa. Este señor es un detective de la policía. Les tomará las huellas digitales a los tres, las comparará con las marcas que hay en mi armario y así sabremos quién es el ladrón. Ésta es la última oportunidad de confesar la verdad...

Pálidos de terror, mis hermanos y yo bajamos la vista y apretamos los dientes.

– ¿Saben lo que les pasa a los delincuentes? Se pudren en la cárcel -agregó el tío Ramón.

El detective sacó del bolsillo una caja de lata. Al abrirla vimos que contenía una almohadilla impregnada en tinta negra. Lentamente, con gran ceremonia, procedió a mancharnos los dedos uno por uno y registrar nuestras huellas en una cartulina.

– No se preocupe, señor cónsul, el lunes tendrá los resultados de mi investigación -se despidió el hombre.

Sábado y domingo fueron días de sufrimiento fatal para nosotros, escondidos en el baño y en los rincones más privados del jardín contemplábamos en susurros nuestro negro futuro. Ninguno estaba libre de culpa, todos iríamos a parar a una cárcel donde nos alimentarían de agua sucia y mendrugos de pan duro, como al Conde de Montecristo. El lunes siguiente el inefable tío Ramón nos citó en su despacho.

– Ya sé exactamente quién es el bandido -anunció haciendo bailar sus grandes cejas satánicas-. Sin embargo, por respeto a su madre, que ha actuado en su favor, esta vez no lo mandaré preso. El criminal sabe que yo sé quién es. Esto queda entre los dos. Les advierto que en la próxima ocasión no seré tan benevolente ¿me han entendido?

Salimos a tropezones, agradecidos, sin poder creer tanta magnanimidad. No volvimos a robar en mucho tiempo. Hace dos años pensé mejor el asunto y me entró la sospecha de que el supuesto detective fuera un chófer del tío Ramón quien era bien capaz de hacernos esa broma.

38.

¿Qué parte de día era cuando los protagonistas abandonaron su casa?

 

1) Medianoche.

2) Madrugada.

3) Media mañana.

4) Pleno día.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

Aquel año, el otoño cubrió Barcelona con un manto de hojarasca que revoloteaba en las calles como piel de serpiente. Las calles aún languidecían entre neblinas y serenos cuando salimos al portal. Las farolas de las Ramblas dibujaban una avenida de vapor, parpadeando al tiempo que la ciudad se desperezaba y se desprendía de su disfraz de acuarela. Al llegar a la calle Arco del Teatro nos aventuramos camino del Raval bajo la arcada que prometía una bóveda de bruma azul. Seguí a mi padre a través de aquel camino angosto, más cicatriz que calle, hasta que el reluz de la Rambla se perdió a nuestras espaldas. La claridad del amanecer se filtraba desde balcones y cornisas en soplos de luz sesgada que no llegaban a rozar el suelo. Finalmente, mi padre se detuvo frente a un portón de madera labrada ennegrecido por el tiempo y la humedad. Frente a nosotros se alzaba lo que me pareció el cadáver abandonado de un palacio, o un museo de ecos y sombras.

Un hombrecillo con rasgos de ave rapaz y cabellera plateada nos abrió la puerta. Su mirada aguileña se posó en mí, impenetrable.

— Buenos días, Isaac. Éste es mi hijo Daniel —anunció mi padre—. Pronto cumplirá once años, y algún día él se hará cargo de la tienda. Ya tiene edad de conocer este lugar.

El tal Isaac nos invitó a pasar con un leve asentimiento. Una penumbra azulada lo cubría todo, insinuando apenas trazos de una escalinata de mármol y una galería de frescos poblados con figuras de ángeles y criaturas fabulosas. Seguimos al guardián a través de aquel corredor palaciego y llegamos a una gran sala circular donde una auténtica basílica de tinieblas yacía bajo una cúpula acuchillada por haces de luz que pendían desde lo alto. Un laberinto de corredores y estanterías repletas de libros ascendía desde la base hasta la cúspide, dibujando una colmena tramada de tímeles, escalinatas, plataformas y puentes que dejaban adivinar una gigantesca biblioteca de geometría imposible. Miré a mi padre, boquiabierto.

Salpicando los pasillos y plataformas de la biblioteca se perfilaban una docena de figuras. Algunas de ellas se volvieron a saludar desde lejos, y reconocí los rostros de diversos colegas de mi padre en el gremio de libreros de viejo. A mis ojos de diez años, aquellos individuos aparecían como una cofradía sécreta de alquimistas conspirando a espaldas del mundo. Mi padre se arrodilló junto a mí y, sosteniéndome la mirada, me habló con esa voz leve de las promesas y las confidencias.

— Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quienes lo crearon. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí.

Nuestras miradas se encontraron brevemente. No supe qué contestar. Mi padre entornó la mirada, como si buscase algo en el aire. Miradas o silencios, o quizá a mi madre para que corroborase sus palabras.

39.

Las autoridades de Toulon le advirtieron a Flora que...

 

1) no perturbara la sociedad de la ciudad.

2) se fuera de la ciudad.

3) dejara sus provocaciones.

4) no la tomaban en serio.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

La autoridad se enojó antes de que Flora hubiera abierto la boca en público. Al día siguiente de su llegada, el comisario de Toulon, un barbudo cincuentón oloroso a lavanda, se presentó en su hotel y la interrogó media hora sobre sus intenciones en la ciudad. Cualquier acto que subvirtiera el orden público sería sancionado con energía, le advirtió. Y, horas después, le llegó una citación del procurador del rey para que compareciera en su despacho.

— Dígale a su jefe que no iré — estalló, indignada —. Si he cometido un delito, que me haga arrestar. Pero, si quiere intimidarme y hacerme perder tiempo, no lo conseguirá.

El ayudante del procurador, un joven de maneras delicadas, la miraba sorprendido e inquieto, como si esta mujer que le levantaba la voz y hacía vibrar un índice amenazador a milímetros de su nariz, pudiera pasar a la agresión física. Así te había mirado, Florita, con la misma estupefacción, el mismo desconcierto y el mismo susto, diez años atrás, en la casona familiar, tu tío don Pío Tristán, días después del primer encuentro, cuando por fin tú y él abordaron el espinoso tema de la herencia. Don Pío, elegante, pequeño, fluido, canoso y endeble caballero de ojos azules, tenía muy bien preparada su argumentación. Luego de un amable preámbulo, abrumándote de latinajos y citas leguleyas te hizo saber que, como hija ilegítima de padres cuya unión carecía, según confesión tuya en carta a el, de toda legalidad comprobable, no podías aspirar a recibir ni un centavo de la herencia de su querido hermano Mariano.

A ti, conocer en persona a este hermano menor de tu padre, cuyos rasgos recordaban tanto los de éste, te emocionó hasta las lágrimas. Te abrazaste a tu tío, temblando; te sentías feliz de recobrar a tu familia paterna, de tener, gracias a ella, un calor y una seguridad que desde tu infancia no habías conocido. ¡Lo decías y lo sentías, Florita! Y el tío Tristán se emocionó también en apariencia, abrazándote y murmurando:

— Dios mío, si eres el vivo retrato de mi hermano, hijita.

Pero, cuando, por fin, Flora le expuso sus anhelos de ser reconocida como hija legítima de don Mariano y de recibir, como tal, del legado de su abuela y de su padre, una renta de cinco mil francos, don Pío se transformó en un ser glacial, jurídico, en portavoz inflexible de la norma legal: las leyes debían prevalecer sobre los sentimientos; si no, no habría civilización. Según la ley, a Florita no le correspondía nada; si no le creía, que lo consultara con abogados. Don Pío lo había hecho ya y sabía de qué hablaba.

Entonces, Flora estalló en uno de esos arrebatos como el que, en Toulon, acababa de hacer partir, pálido, casi huyendo, al joven ayudante del procurador del rey. ingrato, innoble, avaro, ¿así pagaba los desvelos de don Mariano, que lo cuidó, protegió y educó allá en Francia? ¿Abusando de su hija desvalida, desconociéndole sus derechos, condenándola a la miseria, siendo él un hombre riquísimo? Flora levantó tanto la voz que don Pío, blanco como el papel, se dejó caer sobre un sillón. Parecía anulado y mínimo en esa sala de paredes guarnecidas de retratos de sus antepasados, altos funcionarios y validos de la administración colonial. Más tarde, le confesó a Flora que, en sus sesenta y cuatro años de vida, era la primera vez que había visto a una mujer insubordinarse de ese modo y faltar así el respeto a un páter familias.

40.

¿Cómo caracterizó el protagonista su idea de celebrar el décimosexto cumpleaños?

 

1) Era una locura.

2) Era un proyecto extraordinario y placentero.

3) Era una total desgracia.

4) Era un plan raro, pero condenado al éxito.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

El día de mi dieciséis cumpleaños conjuré la peor de cuantas ocurrencias funestas había alumbrado a lo largo de mi corta existencia. Por mi cuenta y riesgo, había decidido organizar una cena de cumpleaños e invitar a Barceló, a la Bernarda y a Clara. Mi padre opinaba que aquello era un error.

— Es mi cumpleaños — repliqué cruelmente. Trabajo para ti todos los demás días del año. Al menos por una vez, dame el gusto.

— Haz lo que quieras.

Los meses precedentes habían sido los más confusos de mi extraña amistad con Clara. Ya casi nunca leía para ella. Clara rehuía sistemáticamente cualquier ocasión que implicase quedarse a solas conmigo. Siempre que la visitaba, su tío estaba presente fingiendo leer el diario, o la Bernarda se materializaba trajinando por el foro y lanzándome miradas de soslayo. Otras veces, la compañía venía en forma de una o varias de las amigas de Clara. Yo las llamaba las Hermanas Anisete, siempre tocadas de un recato y un semblante virginal, patrullando las proximidades de Clara con un misal en la mano y una mirada policial que mostraba sin tapujos que yo estaba de sobra, que mi presencia avergonzaba a Clara y al mundo. El peor de todos, sin embargo, era el maestro Neri, cuya insausta sinfonía seguía inconclusa. Era un tipo atildado, un niñato de San Gervasio que pese a dárselas de Mozart, a mí, rezumando brillantina, me recordaba más a Carlos Gardel. De genio yo sólo le encontraba la mala baba. Le hacía la rosca a don Gustavo sin dignidad ni decoro, y flirteaba con la Bernarda en la cocina, haciéndola reír con sus ridículos regalos de bolsas de peladillas y pellizcos. Yo, en pocas palabras, le detestaba a muerte. La antipatía era mutua. Neri siempre aparecía por allí con sus partituras y su arrogante ademán, mirándome como si fuese un grumetillo indeseable y poniendo toda clase de reparos a mi presencia.

— Niño, ¿tú no tienes que irte a hacer los deberes?

— ¿Y usted, maestro, no tenía una sinfonía que acabar?

Al final, entre todos podían conmigo y yo me largaba cabizbajo y derrotado, con el alma helada, deseando haber tenido la labia de don Gustavo para poner a aquel engreído en su sitio.

El día de mi cumpleaños el señor Barceló se había tenido que ausentar de la ciudad y Clara se había visto obligada a cambiar la hora de su clase de música con el maestro Neri.

Bajé las escaleras con furia, sintiendo los ojos rebosando lágrimas de ira al salir a la calle bañada de luz azul y de frío. Llevaba el corazón envenenado y la mirada me temblaba. Eché a andar, ignorando al extraño que me observaba inmóvil desde la Puerta del Ángel. Vestía el traje oscuro, su mano derecha enfundada en el bolsillo de la chaqueta. Sus ojos dibujaban briznas de luz a la lumbre de un cigarro. Cojeando levemente, empezó a seguirme.

Anduve callejeando sin rumbo durante más de una hora hasta llegar a los pies del monumento a Colón. Crucé hasta los muelles y me senté en los peldaños que se hundían en las aguas tenebrosas junto al muelle de las golondrinas. Recordé los días en que mi padre y yo hacíamos la travesía en las golondrinas hasta la punta del espigón. Desde allí podía verse la ladera del cementerio en la montaña de Montju'ic y la ciudad de los muertos. A veces yo saludaba con la mano, creyendo que mi madre seguía allí y nos veía pasar. Mi padre repetía mi saludo. Hacía ya años que no embarcábamos en una golondrina, aunque yo sabía que él a veces iba solo.

41.

Muchos jóvenes españoles se matriculan en las universidades porque…

 

1) quieren estudiar la carrera que corresponda a su vocación.

2) pretenden aumentar la tasa de desempleo.

3) es difícil conseguir trabajo en España.

4) no quieren integrarse en el complejo mundo laboral.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании укажите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

En los últimos años, en España, el número de universitarios ha aumentado de forma evidente. La elevada tasa de desempleo que padecemos ha hecho que nuestros adolescentes, al terminar sus estudios secundarios y descubrir lo difícil que es conseguir un trabajo en nuestro país, se inscriban masivamente en las universidades, muchas veces sin demasiada convicción, llenando las aulas y soñando con ser algún día célebres abogados, expertos economistas, científicos de renombre o ingenieros cualificados.

El resultado de todo ello es que, en la mayoría de los casos y para la mayor parte de las titulaciones, la demanda de empleo supera con creces la oferta, y que, para colmo de males, estos titulados, incapaces, por falta de trabajo, de poder llevar a la práctica todo lo aprendido en sus carreras, empiezan, poco a poco, a despertar a la realidad y a darse cuenta de que tienen que "bajar el listón" de sus pretensiones laborales.

Así, podemos ver a químicos barriendo las calles y los parques de nuestras ciudades, a juristas desempleados tratando de vendernos un seguro de vida en el umbral de la puerta de nuestra casa, y a antiguos estudiantes de Magisterio pasando por un lector electrónico el código de barras de los productos que componen nuestra cesta de la compra en un supermercado. Y, por si eso fuera poco, suele darse el caso de que los empresarios de este país, quizá con buen criterio, prefieren para este tipo de tareas a personas que no tengan estudios superiores, para evitar la posible insatisfacción que podría surgir en individuos cualificados cuando llevan a cabo trabajos tan rutinarios y repetitivos.

Pero no todo está perdido para nuestros jóvenes, pues se observa el incremento de la oferta de los llamados módulos de Formación Profesional, cursos especializados y enfocados a formar a los estudiantes, desde un punto de vista especialmente práctico, en las áreas de informática y telecomunicaciones, electrónica, fontanería, carpintería, jardinería, hostelería y una abundancia de profesiones más, para conseguir una integración más rápida de sus alumnos en el complejo mundo laboral.

42.

Mario y Pedro se llevaron el portafolio abandonado porque…

 

1) nadie venía a buscarlo.

2) el café estaba lleno de gente por todos lados.

3) llevaban mucho tiempo sin dinero.

4) solían hacerlo con un poco de suerte.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании отметьте цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

     Mario y Pedro están sin un duro desde hace rato y no es que se quejen demasiado pero bueno, ya es hora de tener un poco de suerte, y de golpe ven el portafolio abandonado y tan sólo mirándose se dicen que quizá el momento haya llegado. Está solito el portafolio sobre la silla arrimada a la mesa y nadie viene a buscarlo. Ha llegado el momento porque el café está animado en la otra punta y aquí vacío y Mario y Pedro saben que si no es ahora es nunca.

     Portafolio bajo el brazo, Mario sale primero y por eso mismo es el primero en ver la chaqueta de hombre abandonada sobre un coche. Una chaqueta espléndida de excelente calidad. También Pedro la ve, a Pedro le tiemblan las piernas por demasiada coincidencia, con lo bien que a él le vendría una chaqueta nueva y además con los bolsillos llenos de billetes. Mario no se anima a agarrarla. Pedro sí aunque con cierto remordimiento que crece al ver acercarse a dos policías.

     Esta no es una tarde gris como cualquiera y pensándolo bien quizá tampoco sea una tarde de suerte como parece. Son las caras sin expresión de un día de semana, tan distintas de las caras sin expresión de los domingos. Pedro y Mario ahora tienen color, tienen máscara y se sienten existir porque en su camino florecieron un portafolio y una chaqueta sport. Como tarde no es una tarde fácil, ésta. Algo se desplaza en el aire con el aullido de las sirenas y ellos empiezan a sentirse señalados. Ven policías por todos los rincones, policías en los vestíbulos sombríos, de a pares en todas las esquinas cubriendo el área ciudadana, policías trepidantes en sus motocicletas circulando a contramano como si la marcha del país dependiera de ellos y quizá dependa, sí, por eso están las cosas como están y Mario no se arriesga a decirlo en voz alta porque el portafolio lo tiene trabado, ni que ocultara un micrófono, pero qué paranoia, si nadie lo obliga a cargarlo.

     Pedro decide ponerse la chaqueta que le queda un poco grande pero no ridícula, nada de eso. Holgada, sí, pero no ridícula; cómoda, abrigada, cariñosa, gastadita en los bordes. Pedro mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y encuentra unos cuantos billetes y monedas. No le puede decir nada a Mario y se da vuelta de golpe para ver si los han estado siguiendo. Quizá hayan caído en algún tipo de trampa indefinible, y Mario debe estar sintiendo algo parecido porque tampoco dice palabra. Parece que nadie los ha seguido, pero vaya uno a saber: gente viene tras ellos y quizá alguno dejó el portafolio y la chaqueta con oscuros designios. Mario se decide por fin y le dice a Pedro en un murmullo: no entremos a casa, sigamos como si nada, quiero ver si nos siguen. Pedro está de acuerdo. Mario rememora con nostalgia los tiempos (una hora atrás) cuando podían hablarse en voz alta y hasta reír. El portafolio se le está haciendo demasiado pesado y de nuevo tiene la sensación de abandonarlo a su suerte. ¿Abandonarlo sin antes haber revisado el contenido? Cobardía pura.

     Siguen caminando sin rumbo fijo para despistar a algún posible aunque improbable perseguidor. No son ya Pedro y Mario los que caminan, son una chaqueta y un portafolio convertidos en personajes.

Luisa Valenzuela, Aquí pasan cosas raras.

43.

Ilaria, la hija de la narradora, al ver a su madre en el umbral de su casa mostró …

 

1) mucha irritación pero la dejó pasar.

2) cierta indiferencia y la dejó entrar.

3) mucha alegría y la invitó gustosamente.

4) alegría pero fingió tener mucha prisa.


Прочитайте текст и выполните задания А15-А21. В каждом задании обведите цифру 1, 2, 3 или 4, соответствующую выбранному вами варианту ответа.

 

Cuando Ilaria llevaba seis años en la universidad me preocupó un silencio más prolongado que los anteriores, y cogí el tren para ir a verla. Nunca lo había hecho desde que estaba en Padua. Cuando abrió la puerta se quedó aterrorizada. En vez de saludarme, me agredió: «¿Quién te ha invitado? – y sin darme siquiera el tiempo de contestarle, añadió: Deberías haberme avisado, justamente estaba a punto de salir. Esta mañana tengo un examen importante». Todavía llevaba el camisón puesto, era evidente que se trataba de una mentira. Simulé no darme cuenta y le dije: «Paciencia, quiero decir que te esperaré, y después festejaremos juntas el resultado». Poco después se marchó de verdad, con tanta prisa que se dejó sobre la mesa los libros.

Una vez sola en la casa, hice lo que cualquier otra madre habría hecho: me di a curiosear por los cajones, buscaba una señal, algo que me ayudase a comprender qué dirección había tomado su vida. No tenía la intención de espiar, de ponerme en plan de censura o inquisición. Sólo había en mí una gran ansiedad y para aplacarla necesitaba algún punto de contacto. Salvo octavillas y opúsculos de propaganda revolucionaria, no encontré nada, ni un diario personal o una carta. En una de las paredes de su dormitorio había un cartel con la siguiente inscripción: la familia es tan estimulante y ventilada como una cámara de gas. A su manera, aquello era un indicio.

Ilaria regresó a primera hora de la tarde. Tenía el mismo aspecto de ir sin aliento que cuando salió. «¿Cómo te fue el examen?», pregunté con tono más cariñoso posible. «Como siempre –y, tras una pausa, agregó: ¿Para esto has venido, para controlarme?» Yo quería evitar un choque, de manera que con tono tranquilo y accesible le contesté que sólo tenía un deseo: que hablásemos un rato las dos.

«¿Hablar? –repitió incrédula. Y, ¿de qué?»

«De ti, Ilaria», dije entonces en voz baja, tratando de encontrar su mirada. Se acercó a la ventana, mantenía la mirada fija en un sauce algo apagado. «No tengo nada que contar; por lo menos, a ti. No quiero perder el tiempo con charlas intimistas y pequeñoburguesas». Después desplazó la mirada del sauce a su reloj de pulsera y dijo: «Es tarde, tengo una reunión importante. Tienes que marcharte». No obedecí: me puse de pie, pero en vez de salir me acerqué a ella y cogí sus manos entre las mías. «¿Qué ocurre? –le pregunté. ¿Qué es lo que te hace sufrir?» Percibía que su aliento se aceleraba. «Verte en este estado me hace doler el corazón –añadí. Aunque tú me rechaces como madre, yo no te rechazo como hija. Querría ayudarte, pero si tú no vienes a mi encuentro no puedo hacerlo». Entonces la barbilla le empezó a temblar como cuando era niña, y estaba a punto de llorar, apartó sus manos de las mías y se volvió de golpe. Su cuerpo delgado y contraído se sacudía por los sollozos profundos. Le acaricié el pelo. Se dio la vuelta de golpe y me abrazó escondiendo el rostro en mi hombro. «Mamá –dijo–, yo ... yo ...»

En ese preciso instante se oyó el teléfono.

–Deja que siga llamando –le susurré al oído. Como conocía su fragilidad, estaba preocupada.

–No puedo –contestó enjugándose las lágrimas.

Cuando levantó el auricular su voz volvía a ser metálica, ajena. Por el breve diálogo comprendí que algo grave tenía que haber ocurrido. Efectivamente, en seguida me dijo: «Lo siento, pero realmente ahora debes marcharte».