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Mi padre
Entre mis recuerdos más antiguos está el del primer regreso de mi padre, una madrugada del año 67. Vivíamos en Barcelona, en la calle Vilamarí, muy cerca de la plaza de toros de Las Arenas. Hacía dos años que mi padre no daba señales de vida, y mi madre, al oír ruidos en la cerradura, creyó que eran ladrones tratando de entrar. Después de su regreso, teníamos que rehacer nuestra vida. Ahora éramos tres: una pareja joven con su hijo de cinco años. Una familia normal, aunque para mí lo normal siempre había sido que estuviéramos solos mi madre y yo. Ahora éramos tres, y el pisito de Vilamarí, en el que mi madre y yo nos organizábamos sin problemas, se quedó pequeño casi de un día para otro. Mi padre, que había llegado sin más pertenencias que las que cabían en la mochila, tenía la rara cualidad de ocuparlo todo con sus cosas. En los cajones, antes espaciosos, había que meter la ropa a presión. En el armarito del cuarto de baño había un montón de lociones y frascos de colonia. Sus revistas de cine se apilaban desordenadamente en una esquina del recibidor.
Mi madre refunfuñaba cada vez que le veía aparecer con algo. En cuestión de semanas quedó claro que en aquel piso no podríamos aguantar mucho tiempo, y los domingos por la tarde salíamos a lo que él llamaba «buscar casa». Íbamos a una calle que le gustara y nos parábamos a contemplar las fachadas en las que hubiera un letrero de «Se alquila». Las calles que le gustaban no eran precisamente modestas: Rambla de Cataluña, paseo de San Juan... Mi madre agitaba la cabeza con escepticismo: «En estas zonas jamás encontraremos un piso que entre dentro de nuestras posibilidades».
Algún domingo llegábamos hasta la avenida del Tibidabo, donde las casas eran auténticos palacios: mansiones modernistas de dos o tres pisos con frondosos jardines y entrada de carruajes. Mi padre, infatigable, asomaba la nariz por encima de los muros, anotaba los números de teléfono que figuraban en los carteles y, mientras se guardaba la agenda en el bolsillo, decía que allí no nos faltaría espacio.
Mi padre confiaba en que algún día le llegaría el golpe de suerte definitivo y cumpliría su sueño de vivir a lo grande. Podían ser fantasías, pero las expresaba con muchísima convicción. A mí no me parecía tan descabellado. ¿Cuántas veces habíamos visto en las películas que alguien pasaba en solo un instante de ser pobre a ser inmensamente rico? Si esas cosas ocurrían en las películas era porque también podían ocurrir en la realidad...
A partir de cierto momento, mi madre dejó de acompañarnos en nuestros paseos dominicales. Entonces íbamos solos él y yo. Mi padre señalaba la casa que más le gustaba y exclamaba: «¡Esa!» Ahora no conjugaba los verbos en condicional sino en futuro: no decía «pondríamos» sino «pondremos plantas en los balcones», no «pintaríamos» sino «pintaremos las paredes de blanco». Oyéndole hablar, daba la sensación de estar en posesión de todo el dinero del mundo y de que comprar o no comprar esa vivienda dependía exclusivamente de su voluntad.
Gracias a esos paseos me formé por primera vez una idea aproximada de la geografía de Barcelona. Hasta entonces mi vida había estado reducida a un territorio encerrado entre los jardines de Montjuic, unos descampados de Hostafrancs cercanos al colegio y una terraza de la calle Tarragona a la que mi madre me llevaba a tomar horchata. Lo que hubiera más allá de esos límites no me pertenecía. Esos paseos me enseñaron que la ciudad estaba compuesta por muchos barrios y que eran todos distintos. Había barrios antiguos y barrios solo viejos y barrios tan nuevos que estaban todavía a medio hacer.
Los paseos dominicales con el padre le permitieron al hijo...
1. ...conocer mejor la ciudad natal.
2. ...aprender el camino a su colegio.
3. ...sacar buenas notas en Geografía.
4. ...encontrar nuevos espacios de ocio.
Porque Gracias a esos paseos me formé por primera vez una idea aproximada de la geografía de Barcelona.
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